Fotografía por Paulina Rojas. 

Era ya noche, pero tenía días con las cajas en mi carro y estaba a la vuelta de su casa, así que decidí llamar para ver si podía pasar a dejarlas. Al llegar me recibió en ropa cómoda y me pidió ayudarle con la pesada carga. En su comedor la mesa estaba bellamente montada, la comida olía delicioso y una botella de tinto coronaba la postal.

-No sabía que esperabas visita- exclamé- de haber sabido, mejor paso en otra ocasión.

Ella sonrió y me dijo:

-No espero a nadie, tenía ganas de cocinar.

Ahora entendía por qué sólo había un lugar montado, pero aún así creo que no pude evitar lanzar una cara de extrañeza. Mi expresión facial siempre me delata.

-Sabes Isra, durante mucho tiempo cocine para otros, decoré mi mesa para otros, me arreglé para otros. Pero un día me di cuenta que jamás lo hacía por mi, ¿y porque no hacerlo? En ocasiones soy mi mejor invitada.

Ella ha sido una de las personas que más me ha inspirado y que más admiro, y una vez más me había dejado una lección que no podría olvidar.

La primera vez que fui al cine solo llegué a mi casa después del trabajo, me cambié, tomé algo de dinero y me dirigí de nuevo a la puerta. Mi mamá me preguntó a donde iba.

-Al cine- respondí.

Preguntó con quien iría.

-Solo.

Su cara inmediatamente cambió, dejó lo que estaba haciendo y se dispuso a acompañarme. No era necesario, era tarde y la película empezaba en poco, además era un género que sabía no iba a disfrutar. En el cine no fue diferente, la señorita que me vendió el boleto hizo cara de lástima al decirle que sólo deseaba uno y no se diga de la pareja que se sentó junto a mí.

Creo que contrario a muchos de mis amigos, no me da miedo la soledad. Peor aún: me da vergüenza. La mirada de lastima en los demás al verme llegar solo a un evento, cuando me encuentran comiendo en un restaurante o asistiendo a una exposición jamás me hacía sentir cómodo, y aunque disfrutaba muchísimo de mi compañía, me avergonzaba que la gente me etiquetara como un fracasado emocional al no contar con la compañía “necesaria”.

Y no me mal interpreten, no intento hacer de esto un artículo lastimero donde acepto resignado mi soledad, ni mucho menos uno donde espero que los lectores prefieran la soledad antes que la convivencia, pero las palabras de mi sabia mentora en aquella noche me han hecho pensar mucho en las decisiones que el miedo o la vergüenza nos hacen tomar ante la soledad. ¿Cuántas películas han quitado de cartelera por no ir al cine solo? ¿Cuántos restaurantes han cerrado? ¿Cuántas exposiciones pasaron? ¿Cuántas botellas están almacenadas esperando una ocasión especial? ¿cuántos viajes no realizamos? ¿cuántas veces hemos aceptado una relación enfermiza por no estar solos?

Después de todo somos seres sociales, funcionamos mejor en equipo. Tal vez esto suene cliché y ya lo escuchamos mil veces: pero al final somos lo único que tenemos. Podemos perder todo: amigos, familia, posición social, económica, laboral y al final solo nos vamos a tener a nosotros mismos, pero si nosotros no soportamos nuestra propia compañía entonces estamos en problemas.

Tengo veinticinco años y he decidido que no voy a dejar pasar una oportunidad más por vergüenza a la soledad, no voy a esperar la compañía de alguien más para realizar actividades que me apasionan. Todos estaremos solos al menos en algún momento de nuestras vidas, tal vez durante un corto o un largo periodo; no queda más que aprender a disfrutarlo, a enseñarnos a ser nuestra mejor compañía.

¿Y si disfrutamos de la soledad?

¿Qué tal te pareció este artículo sobre perder el miedo a la soledad? Compártenos tus comentarios en la sección de abajo. 

Comentarios