Justicia social. Fotografía: Brooke Lark via unsplash.com

El escenario: una usual discusión dentro de los confines de Facebook. El origen: la típica expresión de una opinión por parte de alguien seguro de que será recibida como un laudable análisis político-social digno de ser compartido y likeado múltiples veces. El nudo narrativo: la incursión a la discusión digital de un personaje que decididamente no encontró dicha opinión un laudable análisis político-social, sino un apresurado y dogmático juicio erróneo. Los personajes: dos feministas y un “hombre blanco heterosexual”, como las dos primeras insistirían en caracterizar a los involucrados. Una de ellas publicó la opinión y la otra la compartió. Ambas se dieron a la feroz tarea de acallar al impertinente detractor que no acordaba con una tesis argumentada descuidadamente en unos 300 caracteres digitales.

La conclusión de esta pequeña historia la podrán adivinar fácilmente a partir de estos detalles: furia y falta de comprensión. Abundaron los ad hominems y las universalizaciones ilegitimas. Se truncó el diálogo. Un ejemplo más de la vulgaridad de las discusiones en línea sin duda, pero además, a mis ojos,  un ejemplo digno de considerar de todas las estrategias incorrectas que ha adoptado recientemente la lucha por la justicia social.

El tiempo y espacio en el que sucedió este pequeño altercado de redes sociales que despertó mi indignación es de absoluta relevancia. Hasta el año pasado, era muy fácil asumir que todo el mundo se identificaba con el compromiso “liberal” (por ponerle un nombre) de asegurar una sociedad igualitaria en la que se vela por los intereses de blancos, negros, mujeres, hombres, pobres, ricos, gays, heteros, cristianos, musulmanes, judíos etc. por igual.

Ya no.

El rápido ascenso de partidos y movimientos alt-right en países antes considerados bastiones de la democracia liberal sugieren lo contrario. El triunfo de Trump y el inesperado Brexit  demuestran lo contrario.

No es de extrañar que la reacción inmediata a sucesos como el triunfo de Trump sea horror. Horror frente a lo que representa el que millones de gringos estén genuinamente enamorados y convencidos del discurso de odio de un charlatán anaranjado. No es de extrañar tampoco que, tras recuperarse de este horror, la segunda reacción sea redoblar esfuerzos en la difusión de los ideales liberales de justicia social que se juzgan amenazados por el nuevo régimen.

El problema es que ya lleva mucho tiempo que este esfuerzo de difusión se ha realizado con estrategias equivocadas y mucho tiempo sin que se cuestione la efectividad de dichas estrategias. El problema es que pocos se atreven a hacerlo por miedo a que se confunda su inconformidad con el método con agresión frente al ideal.

Basta. Detengámonos. Re-evaluemos. Admitamos culpa.

Nunca me ha dado miedo llamarme “feminista”. No le huyo a una denominación que me llena de orgullo, pues considero a sus fundadoras la causa por la que puedo llevar la vida que llevo, la cual construyo bajo mis propios términos y en la que expreso libremente ideas que no se toman con menos seriedad dado mi sexo.

No obstante, he de admitir: secretamente me he llegado a avergonzar de llamarme “feminista” frente a los desplantes hiperbólicos de algunas de mis compañeras. He de agregar que me he  avergonzado, igualmente, de llamarme “católica”, “mexicana”, “filósofa”, “niña Alpes” o “niña UP” en igual medida en circunstancias similares. Todo grupo de personas con intereses e ideales compartidos tienen miembros que los deforman y afean con simplificaciones grosas y falta de empatía.

En lo que refiere al feminismo específicamente, me incomoda últimamente notar un constante uso de nueva terminología como arma para silenciar a todo aquel que se considera “opresor”. Y me incomoda ver como más y más “opresor” es literalmente cualquier ser humano que tenga la mala fortuna de haber nacido hombre, blanco o heterosexual (la combinación de los tres es la más maldita, desde luego).

Volvamos a la discusión de Facebook que empezó todo esto. Los personajes no eran meros extraños para mí: eran amigos muy queridos (y una desconocida: la emisora original de la mentada opinión mal formulada). La primera es una de mis mejores amigas de la infancia, cuyo intelecto y opinión respeto muchísimo, y el segundo, uno de mis mejores amigos de la carrera cuyo intelecto y opinión respeto muchísimo. Se conocen entre sí. Se agradan (al menos  hasta donde yo sé, antes de la funesta discusión).

El problema fue la maldita terminología. El problema fue el momento en el que las feministas (porque así se denominaron muchas veces durante el “debate”) se dejaron emborrachar a tal grado por su lucha que cerraron los ojos a toda discrepancia sensata, a todo intento de ver el caso lógica y objetivamente y no con lentes de ideología. Entonces, mi amigo dejó de ser una “persona común y racional que entra a un debate” y se convirtió para mi amiga en  (y literalmente éste fue el término utilizado) un “nacho progre opresor heteropatriarcal”. Dejo de ser él y se convirtió en un miembro más de un nebuloso grupo de opresores a erradicar de la faz de la tierra.

Y entonces ya no se discutió la tesis original en términos de validez, objetividad o razonabilidad. No. La discusión se convirtió de alguna manera en una lucha por el mismísimo corazón de todas las victimas oprimidas. Le llovieron al pobre una sarta de predicaciones condescendientes en las que se le acusó de ser un absoluto ignorante de todo tema de violencia de género (no lo es) y en la que se le tildó de cerdo machista (no lo es). Abundaron términos como “síndrome de Estocolmo”, “victim-blaming”, “opresión internalizada” y, el que más me pesó de todos, “mansplaining”.

Todos estos conceptos (y otros parecidos como “micro agresión” o “triggering”) se idearon para explicar fenómenos específicos. Tienen su utilidad, no lo dudo. Pero una y otra vez se usan equívocamente  y como si fueran pruebas fehacientes de superioridad moral y epistémica. Como si la falta de conocimiento o aceptación de estos términos automáticamente descalificaran al oponente  y le dieran a uno la razón.

De un video publicado por MTV News titulado  “Dear white guys”

Estos conceptos, además, terminan por colorear todo lo que uno percibe. Todo se convierte en agresión, opresión e infracción frente a la justicia social. Ya no puede entrar uno en un dialogo con un hombre, un blanco, un heterosexual o un cristiano, por ejemplo, sin que éste sea necesariamente un opresor heteropatriarcal, un racista, un homofóbico  o un islamofóbico.

Basta. No ayuda. No mejora. Empeora.

Gritarle a la gente “¡racista!”, “¡machista!”, “¡homofóbico!” etc. y negarse a escuchar no está haciendo un mundo menos racista, machista u homofóbico. No es un buena estrategia.

Inventarnos nuevos términos para toda minucia de agresiones y opresiones y satanizar hasta sus manifestaciones más inocentes no está haciendo  un mundo más socialmente justo. No es buena estrategia.

Defender ideales e intereses más allá de los confines de la lógica y el sentido común solo les hace daño. No es buena estrategia.

Así que venga, hagámonos el ánimo. Defendamos los valores e ideales de un mundo justo e igualitario pero perdamos la agresión y los lentes que ven opresores en todos lados. Preocupémonos por los asuntos genuinamente importantes. Reconozcamos los malos argumentos. Aceptemos los errores. Construyamos mejores estrategias.

Gritarle a la gente “¡racista!”, “¡machista!”, “¡homofóbico!” etc. y negarse a escuchar, no está haciendo de éste un mundo menos racista, machista u homofóbico.Haz click para twittear

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