Imagen: “Prometeo encadenado” de Arnold Belkin via Wikimedia Commons

Dentro de todo siempre decidí creerte. Por más engaños y mentiras, decidí creerte. Como un hombre perdido en el desierto cree en los oasis, decidí creerte. Con pasión y desesperanza, me acerqué y tomé de tu seno un respiro de vida, que se asemejaba a la muerte.

Entonces, sin tener un solo sentido afinado, ataqué mis propias mentiras, y las construí como tus verdades. En un sinfín de mares y olas detestables, tu verdad fueron mis poderes y potestades.

Todo fue una función de poder, no de justicia ni bien. Como el loco una y otra vez gritó en su proceder.

El crucificado ha hablado, pero no ha sido escuchado. ¡Alabado sea el señor! Escuchó gritar, ese pobre encadenado. Su fiel cuervo se había presentado y él, en su infinita miseria, abrazó a su enamorado. No por paz ni por desgaste, sino porque es, y siempre será, el desilusionado.

Dentro del arrebato de la pérdida, sin embargo, se levantó de nuevo. Con una posición de seguridad y fuerza, embarcó un camino que se asimilaba al colibrí levantando vuelo. Durante su travesía escuchó lo que más temía: “recuerda que ésta es la única vía”. Tembloroso, decidió hacer caso omiso, no querría que se tratara de otro griego escurridizo.

Entonces, por obvias razones, pensé en el suicidio. “No puedo ser feliz, si soy consciente de este castigo, vivir. ¡Vivir! Ése es mi suplicio,” Claramente, cuento esto porque yo estoy así: como un alma perdida en el vuelo de colibrís entrelazados.

Alterando tu verdad, me volví omnipotente. Elevado a los cielos siendo un ser inconsciente. Lo que libera es una posición, que no se mide bajo ninguna decisión, sino en una decisiva, tajante, fuerte, asesina, afirmación.

Mi cuerpo siempre tuvo la razón, erré al pensar que se trataba de una cuestión de mi pensamiento; al que debía escuchar era al impulso de vida, que no es posible sin una negación indistinta. Indiferente, como tú, descubrí todo lo que el mundo me constreñía. Y ahora, en plena libertad, la flecha no me pudo asustar. Seguí caminando y efectivamente llegué al lugar que no se me había prometido jamás.

Sé que repito mis palabras, como una falla en mi derrotada esperanza. Nunca superando mi propia calavera, escribo esto haciendo alusión a una eterna primavera. Tiempos de producción y re-producción… malditos sean los poetas que se acercaron a su misión. Maldito el Yo, que descifró el significado de la estación.

 

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