Ilustración: Fernanda Ballesteros

Zoom-out – zoom-in: París, las calles del barrio latino bordeado del Sena y la belleza haussmanniana. Cambio de encuadre y entramos por una ventana abierta a un pequeño salón tapizado de libros en idiomas eslavos entre los muros de piedra de la Sorbonne. Pues ahí estaba yo hace una semana, exponiendo sobre Jorge Ibargüengoitia a cabezas francesas. Llevábamos cinco horas y media de table ronde y el ambiente no era particularmente idóneo para hablar de alguien que no podían ni pronunciar su nombre. “Ibar… quoi ?”

No quise presentar a mi héroe con la típica introducción de los artículos en su honor o en su contra: la trágica noticia de su terrible muerte en el catastrófico accidente de avión. Sí, fue devastador, y sí, nos arrancó un talento nacional en un impacto internacional: murieron cinco artistas encaminados al Encuentro de Cultura Hispanoamericana en 1986 organizado en Colombia. Aunque se aleja un poco de nuestro personaje principal del artículo, voy a mencionar las víctimas por respeto a su arte: Rosa Sabater, pianista catalana; Manuel Scorza, escritor peruano; Ángel Rama, crítico literario uruguayo y su esposa argentina, crítica de arte, Martha Traba.

Capturé la atención de los ojos cansados frente a mí con esta foto después de mi sondaje. Que si cuántos habían leído a algún escritor mexicano y ninguna mano se despegó de la mesa (OK, hubo algún balbuceo en el área de profesores sobre las estrellitas literarias, el Nobel y el embajador, Paz y Fuentes). Decidí presentar a Ibargüengoitia así por tres razones: la primera es porque él mismo muestra a los héroes desde la faceta débil, un Miguel Hidalgo medio-muy pícaro, un general de la Revolución “a lo pendejo”.

Mi segunda razón para presumir a mi escritor tragándose el aire es porque está vestido como boy scout, y como tal hizo su primer viaje a Europa donde, enamorado de la cultura, decidió cambiar de la Ingeniería a la Dramaturgia.

La última razón es porque no era el escritor académico o diplomático formalito. No le gustaba ni siquiera hablar de su obra. Álvaro Mutis lo describe como el más discreto que jamás haya conocido. Después de que Calvino, como jurado en Casa de las Américas, le regala un escalón a Ibargüengoitia a un escenario internacional cuando declara que Los relámpagos de agosto (1964) responde a “la necesidad de ver el pasado con nuevos ojos”, el rebote de nuestro héroe es a su estilo en su crónica a Cuba:

Me costaba trabajo entender, por ejemplo, por qué Benítez consideraba que la mujer de Calvino era una de las más sabias que había conocido, y más todavía, por qué se lo decía. Por otra parte, ellos eran amables conmigo y me decían que mi novela era buena, mientras que yo no había leído ninguna obra de ellos, ni recordaba cómo se llamaban, ni me daban ganas de contestar sus elogios con otros, inventado.

Pasamos a un poco de background familiar: casa repleta de mujeres. ¿Consecuencia natural cuando hay aglomeración del sexo femenino (sobre todo si en la mezcla vienen incluidas hermanas guanajuatenses)? Bla-bla, el chisme, el gossip, cancaner. Las historias de Ibargüengoitia llevan un flujo en su sarcasmo que bien podría ser inspiración del hogar rosado, pero en vez de criticar de a a Menganita Chávez, se come de cráneo a sotana al héroe de la Independencia. Villoro bautiza el concepto como “historia íntima”. El papá de Ibargüengoitia se murió cuando tenía apenas algunos meses y heredó la corona de espinas como redentor de la familia. Oh, decepción, el varón prefirió la pluma y la pobreza.

Frida Kahlo, muralistas: referencias aptas para cualquier extranjero “ah, oui, Frida, mais bien sûr” (única referencia en la que asintieron mis compañeritos). Drama y más drama. Ibargüengoitia era diferente, empezó a escribir en Excélsior dos meses después de la masacre de Tlatelolco sobre temas políticos y cotidianos en un tono sarcástico, sonrisas manchadas en una realidad roja. La aceptación de su estilo tuvo obstáculos en su propio territorio. Hay que cuidar la imagen nacional y una novela sobre un asesinato entre prostitutas no es la mejor exportación.

Cualquier presentación académica cuelga de una hipótesis y la mía sostenía la cuerda del humor de Ibargüengoitia fuera de sus fronteras mexicanas, con un enfoque en Francia. Cien años de soledad abrieron cien puertas a los escritores latinoamericanos en Europa. El requisito era que cada obra estuviera bajo la clave de la mariposa amarilla, del realismo mágico. A Ibargüengoitia lo intentaron clasificar con el resto y él dijo que no, gracias. Su modo de relacionarse con sus compatriotas no era exactamente a través de los mismos misticismos:

En una cafetería, en Washington, descubrí a un mexicano por la manera de comer el huevo revuelto. Lo cogía con los triángulos de pan tostado, que usaba a guisa de tortillas, a veces como tenazas y a veces como cuchara. (“Mexicanos en el extranjero” Viajes en la América ignota JM, 2010)

¿Qué interés tiene un extranjero en leer de las mañas de los mexicanos, o de sus héroes nacionales desacralizados? Mandé un mail a François Gaudry, un gran traductor francés pensando que jamás en la vida le iba a contestar a una estudiantita cualquiera. A las dos horas mi bandeja de entrada se llena de gozo. “Dura la ley del dinero o la ley de Herodes…” Hay textos potenciales para traducir, pero las crónicas cuando habla de un México específico, no. En francés ya hay cinco novelas, un cuento y una obra de teatro, y Gaudry se ocupó de la mitad de estas traducciones. No es fácil, en algunas tuvieron que poner un glosario entero de mexicanismos al final del libro y hay pies de páginas con explicaciones en casi todas.

“Las editoriales tienen tendencia a publicar escritores vivos”, seres de carne y hueso disponibles para polémicas, entrevistas, fotografías aquí y allá en “ángulos interesantes”, como describe Ibargüengoitia en “Revolución en el jardín”:

Me tomaron con la boca abierta, con la lengua de fuera, con los ojos entrecerrados, o como si estuviera saliendo de un ataque de apoplejía. Me tomaron con una mano levantada, como si estuviera espantando una mosca o con las manos en las caderas, como si estuviera bailando una jiga.

Aún así, las ediciones en el extranjero siguen fluyendo. En 2016 salió una en Francia ilustrada de Maten al león. Otro punto a su favor, según el historiador Sergio González Rodríguez, “exorcizados de los fantasmas de San Juan Rulfo”, Ibargüengoitia se revalora como “el reverso imprescindible”. Tampoco dejamos de pasar el aniversario de su muerte trágica

Cordialmente, una de las profesoras me calló indicándome que llevaba dos minutos más de lo debido. Gracias, nos hiciste descubrir a alguien, nos dejaste tarea, très intéressant, sí, exacto, la complejidad del mundo editorial, la relevancia del boom.

Nos vimos las caras durante todo un año y es el día del examen que de repente todos queremos ser amigos de todos. Ya era de noche, y en el patio central, con la cúpula de la universidad de un lado y del otro, pinturas renacentistas, dos de mis compañeros me dijeron que les dio risa el gossip del mexicano. Y que qué lindas las fotos de los lugares (regalé vistas coloridas de Guanajuato y de San Miguel de Allende, cuna de su amor con la pintora de azules Joy Laville). No sé si luego mis camarades vayan a comprar o siquiera hojear algún libro de Ibargüengoitia, si se acuerdan de su nombre sería un éxito. Pero bueno, ahora les alebresta tantito más viajar a México.

Comentarios