Ciudad de Nueva York, por Pilar Gómez 

marzo, rituales en odd catrina

Hace poco vi una película llamada My dinner with Andre (“mi cena con Andre”). Si no la han visto les recomiendo mucho que lo hagan. Advierto que es una película profunda. Si han de entrar en ella, deberán hacerlo con el afán de esperar una larga y deslumbrante conversación de la que ustedes no formarán parte. En uno de los interesantes temas filosóficos que trata la película, se sugiere la visión de la ciudad como un campo de concentración moderno.

La ciudad es como un campo que ha sido construido por los mismos internos, quienes son guardias y prisioneros a la vez. Nos quedamos encerrados a causa de un cierto orgullo. Nos llenamos la mente de locuras y necesidades que nos impiden dejar la ciudad. Nos hacemos a nosotros mismos prisioneros y nos obligamos a creer que estamos ahí por elección propia. Nos convencemos que estar atrapados en esa rutina es lo que queremos de nuestra vida. Encima de eso agregamos, para que el rollo sea digerible, que todo viene con una recompensa que disfrutaremos cuando seamos millonarios o nos jubilemos, lo que sea que llegue antes. En ocasiones, ninguna de las dos llega…

Si uno ha vivido suficiente tiempo en la ciudad, a cierta altura se da cuenta de que las grandes ciudades son un inmenso monstruo glotón con infinitos e irregulares dientes. Es una bestia que tiene favoritismos y nosotros somos parte de ese monstruo. La bestia cuida de las personas que son sus garras y dientes: los lija y los pule, los lava y los blanquea, los afila y los endurece. Sin embargo, no deja de tragar a la mayoría de los desafortunados, que van de la boca al sistema digestivo y para fuera para ser devorados nuevamente como mierda. Así de aborrecible es el monstruo y nosotros nos aferramos al pensamiento de que, si tenemos suerte y nos esforzamos, podemos quedarnos como un trozo de comida en los dientes y convertirnos en uno de esos dientes. Esto último de hecho llega a suceder.

Quizá a muchos les sorprenda una concepción tan negativa de la ciudad. Finalmente, es ahí –en las grandes ciudades –donde uno puede encontrar infinitud de comodidades y posibilidades. Patinar sobre hielo, comer comida tailandesa, ir al cine, pasear por el parque, ver una exposición de arte europeo, ir a un antro, conocer a tres desconocidos… todo en un día sin tener que moverte mucho de lugar. En las ciudades uno puede ser y hacer lo que quiera.

De la vida rural a la vida urbana, ciertamente, hay grandes diferencias. Es difícil inclinarse en favor de una sobre otra. Si lo pensamos, es difícil distinguir cuál se acomoda más a nuestra personalidad. Entre las ventajas de la ciudad encontramos esa gran gama de interesantes actividades disponibles. Por otro lado, el anonimato es una maravilla. Verdaderamente, salir a la calle en pants, sin bañar y no tener el temor de encontrarnos a alguien conocido es una bendición. Vemos la vida rural, en cambio, como una vida virginal y pura, alejada del pecado y la corrupción citadina. Sin embargo, aunque la vida rural tenga estas tranquilas ventajas, nos mata pensar una vida tan monótonamente aburrida. Pecar sin identidad en la ciudad es peligrosamente tentador. Y no cargar con el yugo del estrés citadino es brutalmente atractivo.

El filme con el que introduje este artículo no va en contra de las ciudades precisamente, pero sí va en contra de vivir nuestra vida mecánicamente. Y en las ciudades, convertirnos en autómatas es más fácil. Considero que nuestra vida es lo único que verdaderamente poseemos y, aun así, no lo poseemos de lleno.

Quiero pensar que, por lo menos, todos consideramos la vida lo suficientemente valiosa como para pensar en qué queremos hacer con ella. Si bien muchos vivimos en la ciudad y no nos hemos cuestionado mudarnos en un futuro, es preciso que nos preguntemos si verdaderamente es nuestra elección o simplemente seguimos la inercia de nuestras circunstancias. Preguntarnos a nosotros mismos si en serio queremos seguir construyendo este campo de concentración. Si queremos seguir alimentando a la inmensa bestia que nos obliga a seguir el eterno ritual: trabajar para ganar dinero, ganar dinero para sobrevivir y sobrevivir para trabajar, rebajarnos a la mierda que se traga una y otra vez por ese atroz monstruo.

Es cierto que las ciudades comenzaron a existir con el objetivo de hacer más llevadera nuestra vida y de alcanzar grandes ideales. A final de cuentas, si los hombres nos asociamos unos con otros, lo hacemos en busca de un mismo ideal de vida o una cierta búsqueda de la felicidad… tal vez. Todavía más, el año pasado (2016) la ONU hizo de la “inclusión social” el tema para el Día Mundial de las Ciudades. ¿Realmente vemos que las ciudades sigan cumpliendo su esencial cometido, el objetivo que estuvo desde sus orígenes?

No creo que nuestra línea de acción deba ser abandonar las ciudades o destruirlas. En algún sentido, uno podría afirmar que la ciudad es una forma natural en que el hombre se asocia. Cabe mencionar que, sea o no una forma natural, es evidente que hemos tergiversado el proyecto original de las grandes urbes y lo hemos convertido en esa bestia glotona que además la hace de campo de concentración.

Vivimos en un mundo donde difícilmente podemos vivir de la manera en que queremos. Lo primero es decidir si queremos dedicar nuestra vida a seguir alimentando al monstruo manteniendo el ritual que se ha llevado a cabo los últimos 170 años. Acaso decidir si queremos una vida lejos de lo urbano; o bien, si el estilo de vida que queremos es en una ciudad, podemos buscar la forma en que aquella ciudad no sea una cárcel. ¿Cómo hacerlo? Me gustaría escuchar propuestas…

 
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