Me asomo al acantilado. Un paso adelante, otro atrás. Busco un resbalón un tanto adrede para así dejar la vida terrenal. Elegí este escenario con delicadeza, siento que justo aquí puedo plasmar el caos que me invade por dentro.

A mi espalda se alza el terreno plano por donde mis pies descalzos han pasado hace un momento, y de frente, el abismo decorado con el mar profundo y la obscuridad de lo infinito.

Tengo una idea tenebrosa pero tentadora.  que con cinco pasos estaré al filo del acantilado. He decidido atar una soga a mi cadera y del otro extremo a una gran piedra para que me sostenga. En la mano tengo un cuchillo. Caminaré los cinco pasos al ritmo desafinado del tronar de las olas: una ola, un paso. Estando al borde del abismo decidiré si cortar la soga y saltar o sencillamente regresar a mi razonable y dichosa cotidianidad.

Me asomo al acantilado. Primera ola y primer paso hacia al abismo. La altura desafiante, el perfume salado, el viento frío y el tronar de la ola gruñendo como un animal enfurecido, me provoca dulces escalofríos. Recuerdo cómo empezó. Era una niña que escribía a escondidas. En la escuela, cada año me daban una agenda que convertía en mi diario. En un espacio muy pequeño apuntaba la tarea y dejaba el resto de la hoja sólo para mis ocurrencias. Cosas simples, quizás, pero en ellas expresaba lo que hacía, sentía y pensaba. Me encariñé tanto de ese espacio que cada día lo visitaba. Sentía que volaba, soñaba y a veces, lo manchaba con gotas de lágrimas que, ahí confianzudas, se me resbalan.

Me asomo al acantilado, segunda ola y segundo paso. Intento recordar cuántos diarios he escrito, cuántos años se han ido y traigo a mi mente mi edad. He dejado la infancia muy atrás. Pero sigo visitando a esas hojas en blanco por redactar con mayor profundidad, haciendo discernimiento y hasta aconsejándome a mí misma sobre cómo continuar en los altibajos de mi andar. Mi gusto por escribir lo sabe por primera vez una amiga, fue durante un viaje que hice con ella entre trenes, paisajes y risas. No podía detener mi mano, era más frustrante que intentar aguantar las ganas de estornudar. Quería vestir todas las experiencias con palabras. Le leí mis nacientes escritos, sentía que se convertían en aviones de papel y volaban, llevándose una parte de mí. Me sentía más ligera pero a la vez más descubierta. Más vulnerable.

Me asomo al acantilado, tercera ola y tercer paso. Dejo de mirar hacia atrás. Sigo recordando. Después de ese viaje se me hizo fácil compartir mis escritos con mis papás. Su reacción fue inesperada. Jamás imaginaron que yo tuviera un alma que jugaba con la pluma y las hojas blancas. Un día salí de mi casa desde temprano y regresé muy entrada la noche. En cuanto llegué a mi cuarto me encontré con un gran librero y en cada repisa un cúmulo de libros. Mi papá los había elegido cuidadosamente. Eran grandes obras literarias y cada título me inquietaba. Empecé a sospechar que solamente conocía una gota de ese mundo.

Me asomo al acantilado, cuarta ola y cuarto paso. Trato de aterrizar alguna fecha de un ayer, sin embargo es en vano. No sé exactamente cuándo sucedió. Me he dejado seducir libro por libro, llevándome a un espacio completamente desconocido, como la marea que discretamente me empuja y sin previo aviso, me lleva a otro lugar. Me sumerjo en un nuevo mundo casi tan parecido al abismo; infinito, sin límites y sin saber exactamente a dónde me lleva. A veces me ofrece alegría y otras tantas miedo, un miedo cada vez más difícil de domar. Mis pensamientos están en desarreglo, ¿tendré que elegir?, ¿realidad o fantasía?, ¿pasión o razón?, ¿retroceder o saltar?

Me asomo al acantilado, quinta ola, último paso. No hay más piso, sólo el abismo. No concibo tener un día sin beber una lectura y sin dejar caer alguna palabra a mis hojas blancas. Enloquezco con sólo imaginar tener una vida sin ese toque de fantasía. Visualizo una existencia al borde del vacío, aburrida y descolorida. Creo que por mi bien tengo que elegir entre los dos mundos. 

Así que sin más, levanto el cuchillo y lo llevo hacia mi cintura, dispuesta a cortar aquella soga. Decido voltear una última vez hacia atrás y mis ojos se abren como dos lunas llenas al ver que la soga nunca estuvo sujeta a la piedra. Baila con el viento. ¡es eso!, grito a mis adentros, ¡la libertad, la gigantesca y monstruosa libertad que me da miedo!, ¡inmenso mar de posibilidades, imponente viento pero fascinante!, ¡sí la quiero!

Quiero ir cuantas veces desee al mundo de la fantasía y volver por una dosis de realidad, ¡eso es lo que quiero! Me dejo acariciar por el cielo y confío en el abismo. Una fría sensación me va llenando sin saber a dónde, como un pez que nada tranquilamente sin importarle ni una libra en qué océano está. 

Abro los ojos y empiezo a escribir este sueño. O quizá a redactar un recuerdo.

¿Qué tal te pareció “el abismo”? Compártenos tus comentarios en la sección de abajo

Comentarios