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Cuando alguien me pregunta a qué me dedico, no sin cierto pudor respondo «Doy clases». Muchas veces prefiero plantar un sencillo «Trabajo en la universidad tal» o, si tengo ánimos de presumir, «Estoy en la maestría». Cuando por descuido o por vanidad dejo escapar que  soy profesor y, peor aún, profesor universitario, no puedo dejar de mirarme en tercera persona para preguntarme qué creo que estoy haciendo o quién tuvo la temeridad de ponerme donde estoy.

Pararte frente a un salón. Sentir tus palabras dotadas de magnetismo, mirar las miradas que te miran, y hablar. Cada palabra, un salto al vacío. ¿Te están escuchando?, ¿estás siendo claro?, ¿están aburridos?… pero todo esto palidece frente a un hecho: esperan que les enseñes.

Es fácil predicar desde la cátedra. Sabes mucho más sobre un pequeño cacho de mundo que las personas que tienes en frente. Poco a poco, despierto del sueño dogmático: clase a clase, los valores se invierten: ellos son Sócrates; yo intento dar luz a una idea. Basta una pregunta en el momento preciso para que mi castillo de naipes conceptuales se venga abajo. Un alumno es una duda metódica.

Lo sorprendente es que, de hecho, enseño. De una manera explicable sólo en cierta medida, yo mismo he aprendido, y tengo algo que transmitir. Me siento como el rapsoda antiguo, que habla con una voz que no es suya palabras que le vienen de otra parte. Ocurren los chispazos de magia en que treinta, o veinte, o diez, o un par de ojos se quedan fijos en mis palabras, asiéndolas. No ocurre siempre. Es mucho menos frecuente que los pequeños desastres; pero, cuando llega, las noches de desvelo, el estudio pasado en secreto, los fracasos y tanteos de pronto valen la pena.

Esos momentos de enseñanza probablemente se alcen como el eje de mi vida: columnas más allá del tiempo que darán sentido a los días futuros y pasados, incluso tiempo después de que ellas mismas hayan pasado.

A esto me dedico estos días. Doy clases.

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