Foto: Thomas Kelly via unsplash.com

Antes de que caiga la noche, las mujeres jóvenes del grupo pintan su rostro con distintas herramientas, tratan de resaltar sus grandes ojos y la blancura de sus dientes. Los hombres y las mujeres jóvenes del grupo preparan las prendas ceremoniales y los peinados propios para el ritual que se aproxima. Los ritmos de la música dan la bienvenida a la noche, la cual por su permisividad inherente sirve como escenario adecuado para el evento. Mujeres y hombres intercambian miradas, ambos beben brebajes e infusiones estimulantes que permiten que la vergüenza se adormezca y que los bríos sean vigorizados. El contacto se acerca, pero antes la selección debe ser precisa; los ungüentos, perfumes y cremas aconsejan a los varones a acercarse y los guían a la pareja. Las danzas demuestran el potencial físico de los prospectos y justifican los roces. El elixir se comparte, consolida y lubrica las interacciones sociales para que las asperezas frecuentes no se conviertan en un obstáculo. En este trance se lleva a cabo el ritual del cortejo en la etnia Nuba en Sudán, en Níger  y en algún bar en Polanco cada sábado.

Los rituales verdaderamente interiorizados y propios del grupo al que se pertenece, nos eluden, nos despistan y nos mienten. Los rituales se presentan como un evento normalizado y sin necesidad de justificación. Son tradición. Nadie pondera si atragantarse con doce uvas en año nuevo es ritual o no, o si la fiesta de XV años es una pintoresca celebración barroca o es la presentación de una mujer al grupo.

El mundo secular y científico toma los rituales como un objeto más de estudio, con distancia aparente sin dar cuenta de sus propios ritos y la fuerza que estos imprimen religiosamente en sus vidas. El rito se ve de modo secularizado como un acto infértil y supersticioso; por no decir que puede llegar a ser violento, y por lo tanto bárbaro y rupestre. Es un vestigio de la mente humana del pasado, cuando los hombres clamaban a gritos al cielo por ayuda con ululaciones y maldecían a las sombras que emitían sus hogueras. Parecería que hoy sólo queda un puñado de grupos que cumplen rituales de manera arcaica y que el mundo occidental está exento. Los que permanecen, han sido desvestidos de sus ropajes religiosos y adoptados por su ‘folclor’ pero de manera racional. El resultado es un ritual secularizado: nadie negaría que una de las instituciones rituales más antiguas y universales es el matrimonio, antes un rito de importantísimo nivel político y religioso, el cual conllevaba prescripciones morales y normativas; hoy un rito civil con prescripciones legales, pero que la gente desea reproducir.

Decir esto queda corto. Indica que para el mundo moderno la religión es letra muerta y que sus mecanismos tienen orígenes desconocidos y arbitrarios sin significado. Esto es más evidente si se compara el ritual secular de ver el Super Bowl con el de la inmolación de un animal. Uno es peligroso y arbitrario, el otro es inofensivo pero insignificante. La pregunta por la función de ambos sigue sin ser contestada, sin embargo estamos rodeados de este tipo de eventos.

Los rituales versan sobre lo más importante para la humanidad, no por nada la mayoría de los rituales de iniciación de etnias africanas y australianas implican la modificación genital. Según el antropólogo francés, René Girard, todos los rituales tienen un origen en un asesinato original, en una violencia fundadora que fue domada, revestida de simbología para conservar su fertilidad lo más posible. Para Girard, del mito, de la divinidad muerta, proceden los ritos y todo orden cultural: las reglas matrimoniales, las prohibiciones y todos los elementos que confieren al ser humano su humanidad. La relación entre violencia y rito es la causa por la cual, la sangre es siempre un símbolo evocado con frecuencia en rituales tanto antiguos como contemporáneos.

(El final del ritual de iniciación del equipo de futbol americano de la UNAM, implica una incisión en el pecho de la cual brota sangre que da validación y, literalmente, nueva sangre al grupo.)

Los rituales de transición implicaban comúnmente la muerte de uno de los miembros que deseaba transitar. Hoy se hace únicamente de manera simbólica. Los rigurosos procesos de admisión de las más grandes universidades recuerdan al ritual aborigen, donde mandan a los jóvenes a vagar por el desierto por seis meses sin recibir ayuda. Al regresar son considerados hombres. Así como la universidad de Brown tiene una tasa de admisión del 8.9%, la tribu Satere-Mawe del amazonas utiliza un guante lleno de hormigas en el cual los jóvenes deben meter su mano y sufrir las picaduras por diez minutos sin gritar. El estudiante no admitido debe ser destruido para que resurja como alumno miembro de su institución. El iniciado debe morir, al menos simbólicamente, para poder pasar.

Otro ejemplo, son los rituales de belleza acompañados de los paradigmas estéticos en hombres y mujeres. Con mucho más radicalidad en las mujeres, con poca distinción entre aquellas de occidente y las del mundo ‘menos’ civilizado. Es un adagio común decir “la belleza duele”. Sin duda duele. Las mujeres de Chad en el ritual de cortejo bailan frenéticamente y se les practica una incisión con una cuchilla sobre el vientre para formar un dibujo, se le añade ceniza para resaltar el relieve. En occidente de manera más sofisticada pero no menos ritual,  las mujeres casi religiosamente pueden asistir a las múltiples sesiones de la depilación láser (más dolorosa la depilación con cera) y preparar sus cuerpos para la situación que lo amerite, ya sea estética o erótica.

Es evidente que la humanidad no ha superado el uso de rituales, incluso a nivel institucional. Sea cual sea la función del ritual, la respuesta parece ser social o ‘socializante’. Debe quedar claro, yo no condeno ningún tipo de ritual, ni debe leerse esto como una crítica. El punto es mostrar que el progreso social o el criterio de civilización no implica la superación de los rituales, ya que es claro que no hemos podido deshacernos de éstos. Tal vez nuestros rituales puedan recuperar su fuerza si los pudiésemos ver como indispensables para la interacción del grupo. En teoría deberíamos poder ver el uso de ornamentos dolorosos como los tacones al mismo nivel que los anillos de las Padaung de Tailandia, una camisa desabotonada parecida al gorro de los U’wa del noreste de Colombia, y el maquillaje similar… al maquillaje.

¿Qué tal te pareció este artículo sobre los rituales? Compártenos tu opinión en la sección de abajo.

Comentarios