Ilustración: Fernanda Ballesteros

Lo pinté verde porque verde es la tristeza de perderlo. Un verde de México en luto. Sergio González Rodríguez sobrevivió los sicarios en Juárez pero no la torpeza de un coágulo. 67 años: seis, siete, nada. El cuerpo apenas va de caída y el cerebro sigue fresco, con energía de una segunda juventud. En ese estado quedarán sus novelas, ensayos, crónicas, críticas. En esa fuerza quedará su mirada de 360 grados en palabras dibujadas.

¿Qué puedo decir de un escritor que conocí una sola tarde? Edmondo De Amicis le dedicó capítulos y capítulos a un breve encuentro con Victor Hugo y compartió el momento con decenas de fanáticos. Quise ver a Sergio González Rodríguez en noviembre para preguntarle de un artículo que publicó en 1994 relacionado con mi tesis. Las probabilidades que aceptara hablar con una simple mortal por una cronología de hace más de dos décadas eran mínimas. “Primos Condesa a las 2 de la tarde”. El mail me llegó y mi cadera y mis pies dieron una bailadita de emoción.

Me lo imaginaba serio, formal, de palabras rimbombantes. Premio Anagrama, Premio Casa América Catalunya, Premio Fernando Benítez, novela traducida al italiano y al francés. Controlé dosis leves de pánico de aburrirlo y/o/u/a hacerle perder su tiempo de historiador, escritor y periodista.

Aperitivo: alguna mezcla de alcohol para el señor, un agua mineral para la señorita. Arrancó la comedera. Está bien, pues, una copa de vino. OK, otra más. “¿Qué escritor no es periodista en América Latina?”, su frase entró por mi nariz para no volverse a ir entre el aroma de pulpo a las brasas y camarones al ajillo.

El sol se alejó del techo de la ciudad y las formalidades se fueron apagando hasta tutearnos.  Wiri-wiri de Milán y la galería Vittorio Emanuele II, su compadre Villoro, consejos de investigación, la UP, Bolaño y 2666. Un andaluz entró al restaurante vendiendo chamarras de cuero a un precio de familia/amigos/mercado negro. Entre su acento marcado, sus ganas de plata y el eco de cervezas que le trababa la lengua, el espectáculo nos mantenía a Sergio y a mí con una carcajada atorada en el Jack Daniel’s en las rocas.

Desde ese día no me lo dejé de topar por ahí, en libros de la Sorbonne, en artículos publicados en España y Francia, en prólogos de un libro escogido al azar en la Rosario Castellanos. Sus letras abrazan, sin querer, temas variados de mi maestría, Ibargüengotia, Rulfo, Ramón Fernández y antiguos presidentes de México. Y me gustaba saber, cuando encontraba su firma, que estaba al alcance de un correo y una respuesta ligera, alegre: “Nos veremos un día en París o en Milán de seguro: saludísimos, S.”

Aquella tarde tambaleamos por la Condesa y sus verdes hasta la trifurcación de Atlixco, Michoacán y Vicente Suárez, donde él iba directo a la puerta de la cantina, “¿segura que no quieres otra copita?”.

Salud a donde estés, caro Sergio. Me consuela que seguiré topándome con tu firma.

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