Fotografía: Ana Paula de la Borbolla

Veo que mucha gente ha adoptado la costumbre de tapar la cámara frontal de su computadora con un papel adhesivo. Cuando les preguntaba qué origina esta extraña medida precautoria, se limitan a contestar “Black Mirror”. Había visto un par de episodios de esta serie, pero no particularmente el episodio al que se referían. Muy probablemente sea yo el del problema, pero, aunque comprendo el origen de su preocupación, el tema de la privacidad no me quita mucho el sueño.

Sé, por ejemplo, de la infinidad de cosas que sabe Google sobre mí que van mucho más allá de mi historial de búsquedas: Maps sabe a qué lugares he ido de vacaciones y cuáles son mis restaurantes y bares preferidos, Calendar permite que mis compañeros del trabajo vean cómo estructuro mis rutinas cotidianas. Ambas son herramientas que me permiten organizarme de maravilla, ser más productivo y ahorrar tiempo. Lo mismo ocurre con Facebook y otras plataformas de entretenimiento y redes sociales, que saben mucho sobre mis preferencias personales.

No me importa recibir publicidad que llega a mí a través de algoritmos diseñados específicamente para agradarme. No me importa mucho compartir datos sobre mi vida privada con tal de recibir los beneficios de ser usuario de estas plataformas. Ni siquiera me aterra lo que pueden llegar a saber otras instituciones más atemorizantes como la NSA o el FBI. Generalmente, me siento tranquilo con creer que no tengo nada que ocultar. ¿Quién se va a interesar por un tipo como yo?

Pero cada vez más gente está preocupada con lo que las agencias de publicidad, grandes corporaciones y agencias gubernamentales saben de ellos, gracias a los datos que dejamos como huellas en nuestro paso por Internet. Me permití entonces ver el episodio al que se referían: Shut Up and Dance (2016). Éste cuenta la historia de Kenny, un joven que ha sido atacado por unos hackers que consiguen acceso a la cámara de su computadora y logran chantajearlo con la amenaza de publicar un video en el que aparece.

Los hackers le dan a Kenny una serie de órdenes que debe acatar para que el video no sea revelado. En el transcurso de este juego de poder, Kenny conocerá a otras personas que también han sido chantajeadas por este grupo anónimo de hackers para que realicen esas acciones. Eventualmente nos daremos cuenta de que el video de Kenny es mucho más comprometedor de lo que parece; el miedo a que su secreto sea conocido es tal que no puede evitar cometer atrocidades como asaltar un banco o pelear a muerte con un desconocido, siempre acatando las órdenes de los hackers.

Ya otros episodios de la serie habían tocado el tema de los mecanismos de vigilancia que ejercen los medios de comunicación digitales. Tal es el caso de, por ejemplo, Hatred in the Nation (2016) y The Entire History of You (2011). Pero este episodio en particular revela algo nuevo: conocer la intimidad de una persona nos puede dar poder total de coerción sobre ella. Los hackers, cuya identidad nunca siquiera es revelada, disponen en todo momento de la libertad de Kenny y sus otras víctimas. El título es revelador en este sentido: cállate y baila; me perteneces, haz lo que ordeno.

¿Por qué son tan poderosos estos mecanismos de vigilancia extrema? El filósofo francés Michel Foucault, casi proféticamente, intuye cómo operan. Su libro Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión (1975) es un estudio histórico-filosófico sobre las prisiones y su similitud con otras instituciones disciplinarias como las escuelas, los hospitales psiquiátricos, los cuarteles militares, los seminarios y monasterios. De igual forma, estudia los mecanismos sociales que norman la conducta de los individuos, surgidos a partir de dichas instituciones. Es decir, cómo se construye lo que consideramos normal y lo que no, cómo la sociedad ejerce de esta manera una relación de poder hacia los individuos. Según Foucault, el fin de la disciplina es la normalización de la conducta.

En un célebre pasaje de este ensayo, Foucault toma el diseño de Jeremy Bentham  de un esquema perfecto de vigilancia, el panóptico: las celdas están dispuestas en un anillo periférico con ventanas hacia el interior, en donde se encuentra una torre de vigilancia donde los vigilantes pueden ver sin ser vistos por los prisioneros. Saberse vigilados, no sólo por los guardias de la prisión (cualquier miembro de la sociedad puede acudir a vigilar a los presos) genera en ellos una conciencia inquieta que les impide siquiera pensar en el motín.

Este modelo ha sido replicado en muchas prisiones alrededor del mundo, como la infame cárcel del Palacio Negro de Lecumberri, que albergó en la Ciudad de México, entre 1900 y 1976, a personajes tan dispares como Pancho Villa, Álvaro Mutis, William Burroughs y Juan Gabriel. El éxito de este diseño radica en que el preso nunca sabe si lo ven o no: podría ni siquiera ser visto y de todas formas su comportamiento está regido por la posibilidad de ser vigilado.

El panóptico también permite la invisibilidad lateral, ya que los presos no pueden verse ni comunicarse entre sí. Este esquema también se replica cabalmente en Facebook, cuyos algoritmos generan burbujas en donde nadie percibe a los que tienen opiniones o intereses distintos a los suyos. Cuando llega a haber algo parecido a una discusión, vemos más bien monólogos aislados en donde nadie está dispuesto a escuchar al otro.

El panóptico deja perplejo a Foucault porque su diseño perfecto, su rapidez, su limpieza, su eficacia, llevan a las instituciones disciplinarias casi al grado de la industrialización; permiten su apertura, su desencierro. La idea que lo sustenta busca una sociedad en estado perpetuo de alerta, una sociedad en donde no quepa ningún comportamiento anormal, una sociedad que acepta tácitamente este esquema de vigilancia. Pasa de ser el diseño arquitectónico de un encierro total al mecanismo utópico de una sociedad perfectamente ordenada. Así, los mecanismos disciplinarios, antes enclaustrados en los colegios y prisiones, se desinstitucionalizan. Los esquemas disciplinarios salen de un lugar específico, y se trasladan a uno indefinido.

Y si este traslado era impactante en 1975, ¿qué significa este nuevo traslado, a un lugar que ni siquiera es físico, sino virtual? ¿Qué significa ahora que esta aceptación tácita es aún mayor? Yo mismo lo reconocí al principio de este texto. No le damos mucha importancia, y quienes lo hacen sólo dan fe de una profunda ingenuidad: pegar el post-it en la cámara frontal es lo mínimo que uno puede hacer para evitar ser vigilado. Y los pobres viven con la conciencia tranquila por eso, cuando por otro lado comparten hasta su desayuno en Instagram.

Porque es cierto, estamos ahora inmiscuidos en un sistema de vigilancia frenético y total. Pero el hecho de no querer deshacerse de ellos no implica acatamiento total. ¿Vamos a permitir que determine nuestro comportamiento? Me parece que es posible escapar de la tiranía de la normalidad. Sólo en medida en que descifremos este mecanismo, que pensemos en los motivos ocultos que determinan nuestros actos, podemos evitar que un titiritero nos maneje y tomar las riendas de los hilos.

Es cuestión de usar la tecnología como lo que es: una herramienta y no un obstáculo para el ejercicio de nuestra libertad.

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