Van Gogh dejó un cuadro llamado La silla de Van Gogh. Yo prefiero llamarlo, no sé exactamente por qué, Silla de artista. Con la fuerza de su expresionismo y el simbolismo de su pincelada retrataba su propia ausencia. Sí, su ausencia. Y es que estar ausente también es una forma de estar presente. Y más si algo te (re)presenta. En la obra reposa sobre una silla vacía una pipa que, por cierto, en la tradición cultural daría mucho de qué hablar posteriormente, sobre la esencia (o la no esencia) de las cosas, por una polémica obra de Magritte. En la silla también descansa un pañuelo. Pipa y pañuelo. Pañuelo y pipa. Pero, ¿y el artista? Está en ellos, en sus objetos característicos, pero más aún: está, sin estar, en su silla. 

De Van Gogh y su silla doy un salto espaciotemporal a la Basílica de Santa Sabina, en Roma. Llegar a ella es cansado. Está escondida y supone previamente, si el sol aprieta, una subida esforzada al Aventino, uno del famoso Septimontium. Entrar y, de nuevo, captar la ausencia. Casualmente el único asiento en todo su recinto es una silla humilde. Su presencia contrasta con la sensación casi agorafóbica que transmite el espacio luminoso y sus magníficas columnas que presumen en su clasicismo de ser colosales.  

Pero nada tiene importancia. Sólo la silla. Su presencia es de nuevo el relato vivo de lo que parece no estar. Del vacío que no es tal. Basta con cerrar los ojos y no ver para verlo todo. En este caso el artista es prominente, Infinito, y la silla diminuta que manifiesta todo ese vacío es su regocijo.

Nunca un templo ha estado tan lleno. Nunca la vacuidad ha supuesto tanto.

¿Qué tal te pareció esta postal sobre retratar la ausencia? Compártenos tus comentarios en la sección de abajo. También puedes descubrir otras postales aquí

Comentarios