El festival de Cannes, en su edición número 70, reafirmó la tendencia que lo ha caracterizado desde sus orígenes. Fiel a su tradición de premiar cintas que analicen cómo se integra la sociedad actualmente, este año el sueco Robert Östlund con su cinta The Square, se llevó el máximo galardón: la Palma de Oro. El relato cuestiona el sentido de comunidad y su descomposición como un proceso característico de la modernidad.

La decadencia social se ha convertido en una constante en el festival europeo y en espera de que la cinta comience su recorrido por las salas cinematográficas del mundo hoy me enfoco en la cinta merecedora de este reconocimiento el año pasado: Yo, Daniel Blake (I, Daniel Blake, 2016)

En este relato el octogenario realizador inglés Ken Loach utiliza al homónimo protagonista como un eco que denota la podredumbre de una sociedad inserta en una serie de instituciones que se han enfocado en mantenerse del pueblo y, al mismo tiempo, morder la mano que les da de comer. Daniel se enfrenta entonces a una maquinaria burocrática que le ha dado un ultimátum: o trabaja o deja de recibir su pensión, aunque medicamente el hombre esté incapacitado.

Ante el absurdo de la situación, el realizador presenta una frustrante odisea que propone hacernos reflexionar al respecto de la dificultad de sobrevivir en un mundo capitalista. Enfrenta a Daniel Blake con un universo donde no hay posibilidades de salir adelante y lo empuja a la encrucijada donde lo moral y lo ético se desdibujan ante la necesidad de sobrevivir. Pero también propone la dualidad de seguir ambos caminos. Y es que mientras Daniel se mantiene firme en la idea de no perder su integridad ante la desgracia, es Katie, la madre soltera que se convierte en su amiga en medio de las vicisitudes, quien decide tomar las decisiones más drásticas para salir adelante.

Loach construye entonces una sociedad marginal en donde la única salida posible es la moralmente cuestionable. Ya sea la prostitución, el contrabando, el robo o el engaño, las personas con menos posibilidades deben valerse de cualquier gancho para escalar a la superficie. Es entonces que el constructo del realizador inglés hace eco de aquel cine de la época de oro del cine mexicano o del neorrealismo italiano en donde la modernidad sobrepasa la individualidad y con ella arrasa todo rastro de las clases menos favorecidas, todo esto envuelto en el melodrama como género narrativo.

Este género también sirve como vehículo para la historia de Daniel Blake. Ante lo que le ocurre, el espectador no puede permanecer quieto y es que Loach se empeña en hundir más a Daniel, como si éste se venciera en las arenas movedizas de un monstruo al que es incapaz de vencer. Aquí no hay finales felices, porque el condenado a la miseria no tiene posibilidades en un mundo en el que nada se valora al ser humano, sí, como en Los olvidados (1950, Luis Buñuel), o en Ladrón de Bicicletas (Ladri di biciclette, 1948), obras cumbres del cine de oro y del neorrealismo respectivamente.

Ante la desgracia no hay escapatoria, sentencia Loach, reafirma Cannes. Ante la modernidad, la mala fortuna y la incapacidad de restaurar nuestros principios sociales. La condena eterna de los vicios sociales que nos lanzan en la búsqueda de algún remedio que nos haga despertar, mirar al otro lado y darnos cuenta de la necesidad de un cambio, de la creación de un mundo mejor alejado de las distopías apocalípticas a las que pareciera arrastrarnos el mundo de hoy.

Daniel nos recuerda que la lucha es mucha y que habrá que sobreponerse a cada embiste. Al final, siempre habrá otro Cannes que nos recuerde que estamos perdiendo como sociedad, siembre habrá otro realizador, como Loach o como Östlund que nos enfrente con ese infierno de todos tan temido que es la vida misma.

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