Foto: Markus Spiske via unsplash.com

En respuesta al articulo Sabemos lo que hiciste: de cómo Foucault predijo Black Mirror de Francisco Garza.

Usted, querido usuario, de seguro llegó a esta página gracias a un link de Facebook. Tal vez fue un resultado que le apareció en Google, o quizá un amigo se lo recomendó por Whatsapp. El punto es que no pudo llegar aquí sin ayuda del internet. Usted, querido usuario, puede ser un don nadie, pero es amo y señor de las apps. Facebook, Google, Amazon, Snapchat son tentáculos que le permiten extender su poder alrededor del mundo y minimizar la espera de sus deseos de meses y años a horas y segundos.

Si usted usuario es asiduo a Netflix probablemente ha visto Black Mirror. Puede que haya desarrollado cierta desconfianza a estas tecnologías del siglo XXI que roban sus datos personales. No tiene de qué preocuparse. No hay alguien del otro lado de la pantalla escudriñando diariamente lo que hace y es muy poco probable que un hacker lo ataque con un virus para descubrir sus secretos más profundos. Esto no se debe a que sus datos no estén disponibles; en la realidad no hay quien esté muy interesado por su vida de don nadie. No, la realidad no es como Black Mirror; no necesita de maromas dramáticas y suposiciones para ser  más aterradora que la ficción.

Le confieso que yo sí soy de esos que se angustia por su privacidad. Por un tiempo pegué un post it para obstruir la vista de mi webcam, siempre rechazo la opción de vincular mi celular con mi cuenta de Facebook o Gmail y nunca de los nuncas prendo mi ubicación. Reconozco, sin embargo, que estas medidas se quedan cortas. Toda acción que uno haga en internet va a dejar una huella digital rastreable.

En el trabajo, lo más probable es que usted usuario utilice internet todo el día. Las horas al mediodía en las que suspende su uso revelan su horario preferido para ir a comer. El cambio de IP entre el trabajo y su casa hacen evidentes el lugar de su trabajo y el tiempo que le toma llegar a su casa. Cada búsqueda que haga en Google, cada like que dé en Facebook revelan algo nuevo sobre usted. Todos los datos de su vida, todos sus gustos están almacenados en los potentes algoritmos de los dos titanes del internet. Lo que te gusta comer, con quién te llevas y los lugares a donde vas, tus programas favoritos, si tienes mascotas, qué marcas de ropa te gustan y el cúmulo de rasgos y preferencias que componen tu personalidad. Todos estos datos se almacenan en tu perfil, que está ligado a tu persona física (por eso Facebook es tan insistente con su Política de Nombre Real). Las compañías pagan cuantiosas sumas de dinero a Facebook y a Google por obtener estos datos almacenados en tu perfil –que tú das de manera gratuita- y poderse anunciar de manera más efectiva.

 

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Foto: William Iven via unsplash.com

“Facebook y Google sólo tratan de ofrecerme un mejor servicio y optimizar mi experiencia ¿qué hay de malo en eso?”. Verá, usted usuario no es el cliente, es el producto. Facebook vende los perfiles de los usuarios como si fueran ganado. Todos los rasgos de su vida están cuantificados y dependiendo de su potencial de consumo, se fija su precio. Los datos personales de un usuario promedio cuestan 10 centavos a una compañía que quiera mercadearse en su página, pero si eres una mujer embarazada, el precio se dispara hasta 1.50 de dólar. Un nuevo hijo implica muchas compras por los próximos nueve meses y ese dato se vuelve muy valioso para las compañías que buscan establecer en la embarazada patrones de consumo.

Conforme avanza el tiempo, los algoritmos de Google y Facebook se vuelven más y más refinados. Por ejemplo, la tecnología de Machine Deep Learning de Google ya es capaz de adivinar sentimiento en las redes sociales y analizar la intención en una conversación o en un texto. Con estas herramientas, es más fácil para Facebook y Google seguir tu hilo de pensamiento durante el día. La precisión quirúrgica con la que se pueden adivinar sus intenciones y preferencias, usted usuario, está adquiriendo proporciones orwellianas. Muy pronto, la policía de pensamiento de 1984 podría volverse algo real.

En la historia que le estoy contando a usted usuario no hay villanos ni víctimas. Vaya, ni siquiera hay personas. Nadie está tratando de ponerle trabas a sus deseos ni coartar su libertad. Todo lo que hace en las redes sociales lo hace efectivamente porque a usted se le dio la gana. Y, sin embargo, espero que la historia le siga poniendo los pelos de punta, que un nudo se le haya atorado en la garganta y le cueste respirar; porque la realidad actual en la que vive usted usuario revela algo mucho más aterrador que una afronta a su libertad: revela una contradicción existencial.

Varios filósofos siglos atrás han sospechado que ninguna acción es completamente libre. No elegimos de la nada. Todas nuestras decisiones están determinadas por experiencias previas. La idea de que todo tiene una explicación por causas es razonable. Es un supuesto que utilizamos al describir fenómenos físicos e incluso el comportamiento de los animales. Es la base de toda explicación científica. Aun así, siempre ha habido resistencia en juzgar al ser humano de la misma manera. En primer lugar, porque predecir el comportamiento de un ser humano es infinitamente más difícil que predecir el de un animal. Pero también porque lo que la persona más desea en la vida es la libertad. La carga existencial de saberse determinado, de poder ser comprendido y explicado como si fuera un fenómeno natural es demasiado pesada para un individuo que por sobre todas las cosas anhela la autonomía y ser dueño de sí mismo.

Hasta ahora, la complejidad inherente al ser humano ha provocado que las explicaciones “fisicalistas” del comportamiento humano conlleven cierta opacidad. Es dentro de este misterio donde todavía hay espacio para defender una libertad indeterminada. Aquí vive la ilusión del ser humano espontáneo: la mitad del día está ocupado en el trabajo pero en su tiempo de ocio es un ser libre, que se revela tal cual es sin estar obligado a nada. Lee un libro o se la pasa todo el tiempo recostado viendo películas. Con sus amigos puede ser maleducado, amable, irreverente o incluso intragable.

 

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Foto: Hannah Wei via unsplash.com

 Poco a poco, estos pequeños momentos personales se han visto invadidos por las redes sociales. Libremente, elegimos compartir estos momentos con los demás. El éxito de Snapchat e Instagram se basa en la facilidad con la que nos permiten compartir los momentos más insignificantes. Pero al otorgarlos a los demás pierden toda su espontaneidad.

Eso es lo maravilloso y a la vez terrible de Facebook, Google y demás: empatan y expanden nuestra libertad negativa (que no haya ningún obstáculo para cumplir mis deseos, o en otras palabras, poder hacer lo que se me dé la gana) pero cruelmente desgastan y menoscaban la otra idea de libertad que tenemos, tal vez más preciosa: que somos una realidad diferente al mundo natural, seres irreducibles e independientes cuya voluntad está por encima de las leyes naturales.

La opacidad de la acción humana se va esclareciendo. La tarea hercúlea de desentrañar al ser humano no está siendo realizada por Mark Zuckerberg, Larry Page o una sola persona: los 300 petabytes de datos personales que Facebook guarda en sus archivos, o los 20 mil terabytes de datos de usuarios que Google procesa al día los otorgamos usted usuario y yo, y todos los miles de millones de otros usuarios que utilizan estos servicios al día. Con ellos alimentamos al algoritmo se ha vuelto formidable.

No le pido a usted usuario que abandone Facebook o que deje de resolver sus dudas en Google. Es casi imposible. El precio social de abandonar Facebook es muy alto y  dejar de utilizar Google sería contraproducente para su vida intelectual y laboral.  Las necesidades del mundo actual exigen que dispongamos de estas herramientas y lo más sensato es aceptar que el Deep Learning y el Data Mining están aquí para quedarse.

Sólo le pido a usted usuario que me deje echar una lagrimita por esta visión del mundo que, al parecer, se nos acaba: aquí todavía se permite que existan resquicios de misterio; aquí cada conversación es una ventana al pozo insondable del alma humana con la que hablamos, en donde algo oculto se revela pero nunca acaba de revelarse completamente; aquí los libros son fuentes de infinitas respuestas, cada una con un solo mensaje que retiembla de diferentes maneras en los espíritus que abrevan en ella; aquí el arte que hacemos se resiste a ser sometido a una sola explicación y su indeterminación es reflejo de nuestra idea de la autonomía humana.

Por esta visión del mundo sangramos a la humanidad en la primera mitad del siglo XX. Luchamos contra la hiperracionalización reduccionista, demasiado estrecha para poder contener la grandeza del espíritu humano. Es dentro de esta tradición que nuestra sociedad actual se funda.  Tristemente, el camino que tomamos parece llegar al mismo destino: nuestra compulsión por entender y dominar todo lo fáctico nos alcanzó.

La visión del mundo del Big Data y las redes sociales es una en la que el humano hace como le place, pero es reducido a un algoritmo y su personalidad reducida a rasgos cuantificables de donde se puede sacar un provecho comercial. Extender nuestra libertad negativa pone en evidencia los motores y los impulsos que yacen dentro de nuestras acciones y traza un mapa de su funcionamiento.  El algoritmo está diseñado para agregar esa cualidad que despreciamos de los objetos: poder ser manipulados. Este algoritmo es quizá nuestra mayor proeza. Tan grande como para englobar la complejidad del ser humano, pero una jaula explicativa aun así.

Si alguien está interesado en apretarse el nudo de la garganta, puede revisar con mayor detenimiento los mecanismos y algoritmos que Facebook y Google utilizan aquí

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