El juego de dualidades: un análisis entre dos visiones cinematográficas sobre las posibilidades.

El cine es una metáfora de la existencia. Su función de interpretar la realidad bajo la óptica de un realizador es un ejercicio catártico necesario para hacerle frente a la vida (a veces turbia, a veces clara) de las mentes creativas. Pero su mayor logro en este frente, proviene del proceso de inmersión que logra en el espectador: el quedarse ahí, absorto frente a la pantalla viendo como su “vida” pasa bajo la piel de otro personaje. 

Andrei Tarkovsky, realizador ruso, recordaba  lo ocurrido en una de las primeras presentaciones de la cinta El espejo (Zerkalo, 1975) cuando una mujer se le acercó para agradecerle que la historia retratara de forma fiel y exacta su vida, al grado de conmoverla hasta las lágrimas. Un ejemplo de que el cine es, en todas latitudes, un constructo que solo cobra sentido ante la mirada del espectador. 

Si bien el cine ha retratado la vida como es, también ha brindado al espectador la oportunidad de jugar con lo que hubiera sido, brindándonos así, la posibilidad de darnos cuenta que cada decisión tomada no es del todo un paso al vacío. Basta recordar el final nostálgico de La La Land para darse cuenta que las historias son un juego de posibilidades. De ahí proviene la identificación con el espectador: le da una oportunidad de saber “cómo hubiera sido sí…”. 

El cine nos ha traído dos cintas que comparten esa lógica de engañar al destino con las múltiples posibilidades, ambas del mismo año, 1998, pero de diferentes latitudes. 

En Si yo hubiera (Sliding Doors, 1998), el realizador Peter Howitt logró enamorar al veterano autor Sydney Pollack (aquel que nos trajera Los 12 hombres en pugna) para que apoyara el financiamiento de la historia que sigue a Helen, una mujer inglesa cuyo camino se verá bifurcado ante alcanzar o no el metro luego de ser despedida de su trabajo como relacionista pública. Howitt nos plantea dos versiones de Helen: aquella que logra alcanzar el tren sólo para descubrir en pleno acto de infidelidad a su patético y pseudo literato novio, y otra que llega demasiado tarde, luego de un asalto de por medio, para descubrir dicha infidelidad. 

Gwyneth Paltrow, en uno de esos primeros papeles que le ayudarían a conseguir otros de mayor importancia, representa las dos caras de una mujer que, contra todos los pesares, sigue el peregrinar de la vida en la búsqueda de salir adelante, pero sobre todo de comprender que es ella la única dueña de sus decisiones, no así de su destino. Para eso el autor se vale de un discurso claro, no importa el camino, la meta es la misma. Así Helen pasa del amor al desamor, del fracaso al éxito, por caminos con igual número de sinsabores para recetar al espectador una máxima de vida: no importa lo que decidas, al final el camino da la experiencia para obtener el mismo resultado.

Como un reflejo inverso de aquél relato, el realizador alemán, Tom Tykwer, plantea la cara obscura del “hubiera”. Aquella en la que los personajes en verdad aspirarían aotro destino de acuerdo a lo que pudo haber sido o no. Franka Potente da vida entonces a Lola, una joven que cuenta con apenas 20 minutos para sortear un sin número de obstáculos para obtener una suma de dinero que su novio ha extraviado antes de que el verdadero dueño del botín descubra esto y se deshaga del pobre incauto. 

De ahí que Corre Lola Corre (Lola rennt, 1998) se convierte en una historia con una fuerza dramática frenética pues más que las vicisitudes de la vida cotidiana, nos presenta un instante con sus múltiples variantes. No hay en Lola un cuestionamiento ético o moral sino la apremiante necesidad de ayudar al hombre que ama, a pesar de que ello le cueste, y a la gente que le rodea, ser trastocados también por el encuentro. La cinta es más una revisión musical de la vida que nos lleva al momento mismo como un instante irrecuperable donde por más sutil que sea el cambio siempre tendrá una serie de consecuencias que variaran el resultado. 

Curiosidades del celuloide, ambos relatos, con cuestiones muy similares tuvieron el mismo año de estreno. La crítica amó a Lola, no tanto a Helen. El motivo de tal polaridad es que, en resumen, Lola tiene una pasión por la vida intrínseca, es motor, es un constante latir que nos recuerda lo imprevisible de la vida. Por el contrario, Helen es la pasividad, aquella que a toda costa resistimos, lo gris de la vida que nos señala que al final nada lo que hagamos tiene peso en este mundo, pues la luz en el fondo es fatalista, y tal como señalaba Shakespeare, solo somos juguetes del destino. 

Dos visiones, dos relatos, múltiples alternativas. La magia del cine que nos da la facilidad de vivir, solo un poco, aquello que hubiera sido y no fue. 

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