Navegar el Nilo en faluca es descubrir que en el desierto egipcio también se puede sentir aire fresco. Hacerlo es sucumbir a un microcosmos único que contrasta enormemente con la vasta y árida planicie que gobierna de forma permanente casi todos los puntos de vista.

Quizá se me pueda tachar de iluso por poner el prefijo “micro” a un río de casi siete mil kilómetros de longitud –el segundo más largo del mundo tras el Amazonas. Pierdo ingenuidad, sin embargo, cuando miro un mapa. Mirar un mapa es una forma de ver las cosas con distancia, lograr que el yo no se funda, o confunda, con ellas.

En este caso miro lo que previamente los ojos vigilantes de un satélite han visto –hay que fiarse de lo que se dispone, no nos pongamos cartesianos. El hecho es que la perspectiva que ofrece esta vista me da la razón: una frágil y delicada línea sinuosa de color verde se contornea de una inmensidad ambarina y pálida, que se extiende más allá de los límites de mi mapa.

El Nilo, en efecto, es un microcosmos que parte en dos un océano de arena y piedra, una franja de agua fuera de lugar, como puesta por error. No obstante, esta línea bailarina que quiebra la armonía monocromática del desierto es el torrente inspirador de la posibilidad de posibilidades: la vida. Y con ella, a un radio considerable desde sus orillas, aparece todo lo demás. Vegetación. Animales. Inexplicables estructuras piramidales…

En este caso, un cosmos prefijado de pequeño o diminuto aún supone más. Igual que las eviternas Pirámides, triunfantes ante el tiempo, el Nilo evoca a un pasado muy remoto. La mancha verde que supone y que parte el desierto en dos no es sino el recuerdo de un tiempo en que el desierto no era; y en que la tierra fértil permitía el brote de cualquier vegetal imaginable.

La región de Egipto y, por extensión, el Sáhara, no siempre fue de implacable duna y ardiente roca. Hace unos doce o trece mil años aquel territorio que hoy no es mucho más que una extensión yerma y polvorienta se convirtió en un espléndido vergel sin sed porque le abundaba el agua, la flora y la vida; el Gran húmedo, lo llaman algunos. Este paraíso terrenal dejó de ser tal cosa hace unos seis o siete mil años, dejando una estela de sí mismo, un recuerdo inmortal que insufla de memoria a la tierra.

Dicen que es fácil caer enfermo durante semanas si un occidental demasiado bien acostumbrado se baña o cae por accidente a sus aguas. Y yo, refugiado en mi faluca, frente a dos niños que han aparecido espontáneamente surcando las aguas sobre una plataforma poco estable. Automáticamente mi embarcación se convierte en un mero escaparate de la realidad. Reman con sus manos y abordan la barcaza, como pequeños piratas, para cantarnos, alegres, canciones típicas de nuestro país y recibir la correspondiente propina.

He aquí la impresionante desconexión que se da entre el turista y la vida local. Un mismo espacio físico que llega a compartirse y, sin embargo, dos mundos completamente opuestos. El mío es el de la comodidad y el disfrute, aquél en que gozo de ese aire fresco tan evocador. El suyo es un mundo que, en primera instancia, parece más complicado y mi presencia en él es percibida como un modo de ganar algo de dinero que, a todo el mundo, parece otorgar repugnante –y ante todo, ficticia– superioridad.

Ese es el punto de encuentro entre estos dos mundos opuestos. El dinero. Ése que a mí me permite estar cómodo y a ellos obliga a estar remando y cantando para forasteros. Se puede pensar que no es un drama, que en muchos países la gente vive del turismo; lo crudo de la postal es advertir de la posibilidad de una infancia desnaturalizada.

Sobre estos niños inocentes iba a inventar una pequeña historia, algo breve. No obstante, me decanto por no hacerlo. Siento que cualquier relato que escriba sobre ellos será el equivalente a un juicio que no puedo realizar. El valor moral de las cosas no es absoluto; por eso, en lugar de inventar una historia se la voy a desear:

“Vosotros sois y seréis felices, las aguas del Nilo que hoy reman vuestras pequeñas falanges os llevarán a cualquier lugar que os propongáis. La vida, como a todos, os hará atravesar episodios buenos y malos, pero ninguno lo suficientemente terrible para paliar la fuerza interior con la que las aguas os verán crecer”.

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