Golpearon a la puerta. Era de madrugada y la familia que estaba adentro de la casa no esperaba a nadie. Parecía que el entusiasta visitante quería que lo reconocieran. Se hizo notar a través de un chiflido similar al de las aves, sonido que llegó hasta los oídos de ella y de súbito la congeló. No podía creer que detrás de esa puerta hubiera alguien que hiciera tal broma, tan fría y cruda. Era un chiflido que sólo hacía su papá. Intacta, no dijo nada y detrás del ruido se dejaron caer unas palabras: “sí, soy yo, estoy aquí, ya los quiero ver”.

Escuchó la voz de su papá con un tono alegre. Si ella no tuviera en claro que él había muerto hubiera salido corriendo a abrazarlo. Las lágrimas rodaron por su mejilla. La situación la asustó tanto que despertó del sueño. Esa imagen la arañó de tal forma que la hiló al recuerdo del momento en el que su papá cerró los ojos, para después convertirse en ceniza.

Se levantó de la cama en un intento por despejarse, pero fue inútil. Sólo recordó el viaje del cual había vuelto hacía unos días. El motivo era festejar su cumpleaños. Fue un plan de última hora, a su mamá y a sus hermanos se les complicó asistir, así que ella invitó a una amiga. Los pasajeros eran tres. Evocó el viaje por carretera y cómo entre ellos volaban historias, recuerdos, pero sobre todo, volaban risas. Parecían grandes amigos dispuestos a disfrutar cada momento. En el camino se detuvieron a comer en una hacienda que le fascinaba a su papá. Lo expresaba a través de su semblante risueño cada vez que visitaban ese lugar. Él mencionaba lo increíble que le parecía ver al volcán y al Nevado casi de la mano y lo exquisito de escuchar de fondo la música de los pájaros. Ese día, él imitaba a las aves con chiflidos, de seguro imaginaba una divertida conversación. El camino fue colorido y la llegada lo fue aún más cuando los tres tuvieron enfrente el mar y respiraron aquel aroma con sal.

Ella revivió su cumpleaños. Fue al día siguiente de haber llegado. Su papá parecía el más emocionado, riendo todo el día, como un niño pequeño en una fiesta con globos, pasteles y piñatas. No le cabía tanta felicidad en la mirada, desde que se levantaron hasta que terminó la inolvidable velada. Era un viernes, desayunaron observando barcos en el puerto. En la tarde brindaron viendo el atardecer. Pero fue en la noche cuando vivieron el toque más especial. Cenaron en un restaurante a la orilla del mar. El viento permanecía manso, las olas se meneaban despacio y con calma, al ritmo de una clásica balada. Los tres platicaban como si no existiera el tiempo. Ella aún recuerda la sonrisa tan real y sincera de su papá y las palabras que él dijo: “no puedo creer que mi hija cumpla veintisiete años, qué rápido pasa la vida y más cuando la vives intensamente”. Miró hacia al mar y con sus ojos parecía abrazar el momento, mostrándose pleno.

Ella deja caer lágrimas, lágrimas que provienen de una fuerte tristeza al recordar lo que sucedió el sábado. El cielo se había teñido de colores, las olas se ocupaban de su baile y el aroma del día era fresco; no había ningún indicio que la hiciera sospechar que sería un día muy duro para ella, para él; para muchos. Un “hasta pronto” que la dejaría en trozos. Ella se fue a correr, él se fue a caminar, la amiga se puso a leer. Momentos después estaban los tres en el departamento, ella preparó el desayuno, su papá le agradeció, pero le dijo que se lo comería después. Pasaron unos minutos y ella vio de lejos a su papá jugar con el mar.

Pronto él estuvo de vuelta. El silencio y la tranquilidad reinaron en el espacio hasta que se escuchó la voz de su papá pidiendo ayuda. Ella corrió a buscarlo y lo encontró tirado boca abajo. Sintió un golpe en el pecho por ver a su gran amigo en el suelo, pero le fue preciso mantener la cabeza fría. Pidió ayuda a su amiga para que se quedara con su papá mientras conseguía una ambulancia e iba por el doctor que estaba a unas puertas. El doctor llegó y de inmediato indicó que debían llevarlo a un hospital. El personal del condominio hizo que todo fuera más ágil, con respuestas rápidas ante la emergencia. Ella no dejó que las emociones la invadieran, pero por dentro iba sintiendo agujas que la destejían.

Seguía pensando en ese día, lo rápido e intenso de aquel momento. Llegó a la sala de emergencias, su papá le dijo al doctor con serenidad: —Doctor, ella es mi hija.

Enseguida cerró los ojos y soltó el cuerpo, como un bebé que se acurruca en los brazos cálidos de su madre. Tras unos segundos se convulsionó. El doctor y la enfermera ya trabajaban en ello. Ella sabía que su presencia estaba de más y salió de la habitación. Su cordura empezaba a quebrarse; presintió la gravedad del asunto.

El doctor salió, ella lo esperaba desbordando hileras de lágrimas: —¿Qué tiene?, ya está bien, ¿verdad?

Él esquivó la mirada y le pidió que entrara a su oficina, después de tomar asiento le dijo: —A tu papá le dio un infarto agudo al miocardio, su cuerpo no lo resistió y falleció, lo siento mucho. —Esas palabras la desgarraron por dentro. Se desvaneció.

Al traer a su mente ese sábado, sintió de nuevo las filosas preguntas que le arrojaron, como navaja que interviene ante una herida abierta. Apenas habían pasado diez minutos de la muerte de su papá, y la enfermera la cuestionó: —¿Qué hacemos con el cuerpo?

Tenía que dar respuestas ante una situación que jamás se planteó. La niña que ya no es una niña, intentó ser fuerte, le dio la cara a la fila de incógnitas del hospital y de las diferentes funerarias: “¿quiere que el funeral sea aquí o le cotizo el traslado del cadáver a su ciudad?”, “¿quiere pasar a ver la variedad de ataúdes que tenemos?”, “¿lo van a sepultar o cremar?”.

Permanecía ella en su cuarto, recordando cada momento. La luna calva la veía llorar, hasta que una imagen de su papá se le presentó con claridad. Le había dejado una pista de cómo continuar transmitiéndole fuerza a través de su ejemplo. Él, en sus últimos minutos, cuando sentía un dolor mortal en el pecho, no se quejó; tenía la cara en alto y la mirada firme, hasta dijo entre risas que era una dicha subirse a una ambulancia. Recordó el buen humor de su papá, sus ganas de vivir y todo el aprendizaje que le dejó. Sin más, ella levantó la cara y se limpió las lágrimas. Comprendió que la vida es así: fugaz y llena de cambios. Fugaz como la vida de su papá, un reloj con arena que parecía infinita, pero en un segundo ya no había más.

Ella lo sabe, en cualquier momento dará su último parpadeo. Al percibir aquel perfume mortal, quiso abrazar el tiempo y empezó por ese momento. Se dejó acariciar por la noche, una tranquilidad la arrulló y por dentro, sintió cómo sus pedazos, poco a poco, se fueron entrelazando.

 
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