Después de la tormenta. 2016

Ryota y su compañero, dos detectives de poca monta, entregan una serie de fotografías a una mujer en la que ella aparece tomada de la mano con un hombre a punto de ingresar a un hotel. La mujer, chantajeada por estos dos hombres para no entregar las pruebas de su infidelidad, decide contratarlos para seguir a su esposo y comprarles las fotografías. Ella se cuestiona sobre el sentido de su vida, Ryota también.

Tras la tormenta (Umi yori mo mada fukaku, 2016), la más reciente cinta del realizador japonés Hirokazu Koreeda, nos lleva como en sus anteriores relatos Nuestra Pequeña Hermana (Umimachi Diary, 2015) y De tal padre, tal hijo (Soshite chichi ni naru, 2013) a explorar los intrincados caminos de la paternidad y la configuración familiar. Solo que esta vez la comedia pesa más y, a pesar de que esto podría prestarse para la ligereza, es el vehículo perfecto para poco a poco ir clavando al espectador en las emociones y verdades más profundas de la separación que Ryota experimenta.

Nuestro protagonista, un literato venido a menos, que no puede superar su único triunfo varios años atrás, trabaja como detective privado para desarrollar su nueva novela, la cual no tiene ni pies, ni cabeza. Por si fuera poco, Ryota enfrenta ahora el fallecimiento de su padre y esto lo lleva a cuestionar la forma en la que él mismo ha sido un padre para su hijo Shingo, a quien solo puede ver una vez al mes, y cuyo encuentro está en peligro puesto que no puede pagar su manutención.

Koreeda construye todo esto a través de la metáfora de la tormenta. En uno de los años con más ciclones en Japón -denominado así por los personajes- el mundo de nuestro protagonista también parece sometido a tales embistes. Aferrado a no soltar los restos de su pasado, Ryota hace hasta lo imposible por convertirse en el buen padre/esposo que merece su familia. No obstante, poco a poco, sus intentos lo han llevado al extremo contrario, ser lo que más temía: su padre.

El director establece entonces, con mucha sutileza, cómo los hijos estamos de alguna forma determinados por lo que nuestros padres han hecho de sus vidas, e irremediablemente, nos guste o no, terminaremos convirtiéndonos en ellos. También plantea la mesura en este determinismo, es decir, no cae en extremismo (Si bien señala ese hecho, lo matiza con el desarrollo de las acciones), y enfatiza los matices que tenemos como seres humanos, las luces y claroscuros. Y es que, en el fondo, señala Koreeda, el hombre es un ser imperfecto en un largo camino en busca del perfeccionamiento, entendiendo, sanando, comprendiendo.

Para cuando el ciclón llega, las verdades emergen y es entonces que el director nos lleva a la intimidad en un pequeño departamento de apenas cuatro diminutos cuartos, donde la familia tiene que enfrentar el futuro que les espera. Así alejado del dramatismo, Koreeda nos coloca de cara a los problemas y nos pide la madurez esperada de la vida adulta, aceptar quienes somos y aprender a vivir con nuestros errores y fracasos.

Son los restos de la tormenta, el recuento de los daños, lo que permite a los personajes comprender su función en esta etapa de su vida. Koreeda no otorga respuestas, pero sí exige la vida realista a los personajes y al espectador. Por tanto, Ryota encuentra el camino necesario para aforntar lo que viene, aceptar sus orígenes y con ello poder dar de sí al otro. Su transitar precisa la tormenta para encontrar la tranquilidad al final de ella, y a nosotros, como espectadores, no nos queda de otra que esperar la nuestra para, con la misma aceptación de la verdad, ver si es posible salir triunfantes de ella.

Actualmente en exhibición en diferentes salas de cine en la República Mexicana (12 julio 2017)

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