Donald Trump, desde su campaña presidencial, anunció la construcción de un muro para evitar más inmigrantes ilegales en el territorio norteamericano. Lejos de las contradicciones y la falta de información de su propuesta, pierde de vista que la fortaleza de la ciudad no son los ladrillos, sino los ciudadanos.

Difícilmente ha leído a los antiguos.

¿Qué dirían los espartanos si escucharan a Trump hablar de un muro para proteger su ciudad? Teopompo, rey espartano anterior al s. VII a.C, seguramente le increparía: “¿No es, entonces, un lugar donde habitan las mujeres?”, tal como respondió al que le preguntaba sobre la belleza o utilidad de una ciudad amurallada. Este dicho, recogido por Plutarco en la Moraliapuede no proceder de la boca del general espartano; pero es prueba fiel de la imagen que “el espartano” reflejaba en el mundo antiguo.

Lejos del anacrónico machismo, la oposición espartana a las murallas refleja una realidad: los muros son para esconderse, para salvaguardar a los indefensos, a los incapaces de vencer en una pelea física, a los débiles. El mismo Licurgo, autor de la militarización espartana, había prohibido asaltar lugares bien amurallados para evitar que los mejores murieran a manos de una mujer, de un niño o de una persona débil. El espartano consideraba que la fuerza de su ciudad radicaba en sus jóvenes, en la virtud de sus ciudadanos, y no en las vigas ni en las piedras de los muros.

“…los muros son para esconderse, para salvaguardar a los indefensos, a los incapaces de vencer en una pelea física, a los débiles.”

Esta enseñanza perdura en la filosofía y se transforma en algo más poderoso: los muros que realmente protegen son los del alma.

Los muros del alma no representan un dogmatismo hermético —una suerte de principios que no admiten oposición alguna y que se tornan agresivos ante la opinión contraria—, ni mucho menos una suerte de principios metafísicos infranqueables. No están hechos de ideas inamovibles, sino de pensamientos vivos que afectan la vida política del individuo y su desarrollo en la ciudad. Los muros del alma son los muros de la mente activa, jovial, rejuvenecedora; mientras que los muros físicos y geográficos normalmente provienen de posiciones ideologizadas, rudimentarias y desesperadas que reflejan muros mentales incapaces de vérselas de frente con el pensamiento contrario.

A Trump habría que recordarle que Esparta salió victoriosa de la Guerra del Peloponeso sin muro alguno. Mientras que Atenas, con sus “Muros Largos” —murallas que unían los puertos del Farelo y el Pireo— fue sitiada y derrotada.

Los muros levantados entre ciudades dividen, segregan y protegen al débil y al indefenso de una manera inadecuada, porque no los hace fuertes, no los insta a defenderse adecuadamente, sólo les mantiene cómodos detrás de las paredes. Trump no se da cuenta que el sueño americano agoniza sentado en el sillón mientras mira Designated Survivor en Netflix.

El sueño americano se sostiene por los ciudadanos, por su libertad y por el ejercicio de su ciudadanía. Incluidos los inmigrantes ilegales que viven la ciudadanía de una manera más factual que aquel que tiene un papel que lo acredita como heredero del Destino Manifiesto. Además, la población hispana va en aumento. Cada año, cerca de un millón de hispanos alcanzan el voto. La población blanca, para 2044 será minoría. Y la población hispana del momento tiene una gran ventaja: son jóvenes.

Trump no se da cuenta que el sueño americano agoniza sentado en el sillón mientras mira Designated Survivor en Netflix.

Por eso, el sueño americano no debe defenderse en la trinchera de la raza, sino desde su poder aspiracional. En otras palabras: no está mal tratar de defender el deseo de la vida prometida en Estados Unidos, pero con la construcción de un muro no se defiende absolutamente nada; tan sólo se niega su inminente evolución. Trump debe volver al pasado, aprender de los engaños disfrazados de caballos, de las ideologías agonizantes y de las enseñanzas espartanas.

De lo contrario, su muro sólo será un bello nido de cobardes.

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