Y después de todo, volvió la obscuridad

Había escuchado muchas cosas sobre las auroras boreales y sus bailes; sobre las repentinas apariciones y la piel chinita que provocan cuando aparecen en el cielo. Ya había intentado verlas en una ocación y no tuve éxito. No es tan fácil encontrarte con ellas, depende mucho de condiciones climáticas: el cielo despejado y al parecer cuestiones con la luna, cierto nivel de frío y tambien la temporada y el lugar. Definitivamente no soy una experta en el tema, pero sí estaba obsesionada con verlas al menos una vez en mi vida.

Hace algunos días la magia sucedió en Svalbard, una isla perteneciente a Noruega que está a tan solo 1,000 km del polo norte. Aunque en mi primer encuentro no supe realmente qué estaba pasando. Al principio pensé que eran sólo nubes cambiando el paisaje despejado allá arriba. Eran las tres de la tarde y aunque estuvieramos en total obscuridad (porque hay obscuridad por seis meses seguidos), no estuve completamente segura hasta que se formó un arco color blanco de este a oeste invadiendo todo el cielo por unos minutos. Éste tenía un brillo tenue, que de haber tenido las lámparas encedidas ni siquiera lo hubieramos notado. Pero para cuando comprendí que lo que veía era una aurora boreal, ésta desapareció. La aurora era de poca intensidad, es por eso que el color verde era imperceptible para el ojo humano. Mis manos estaban tan congeladas que ni siquiera intenté tomar una fotografía. A -30ºC no podía parar de temblar.

Pensé que eso era todo lo que iba a lograr ver en el cielo -a pesar de contar con condiciones climáticas idóneas- sin embargo, mi suerte cambió al día siguiente cuando, en búsqueda de las luces, nuestro guía se paró repentinamente y comenzó a gritar las palabras que tanto deseaba escuchar: “las encontramos.” Al bajar del camión que nos llevó a las afueras de la ciudad, donde no hay luz alguna, vi que el cielo estaba lleno de intensos tonos verdes y morados, con luces que danzaban por todos lados; aparecían y desaparecían, cambiaban de forma con cada parpadeo, pero permanecían. Las auroras tenían suficiente intensidad para poder verlas de colores, para que el celular captara el haz, y para poner a prueba mis -reducidas- habilidades con la cámara.

Y así siguieron por dos cortas horas en las que el espectáculo nocturno paró: las luces cambiaban de forma y de dirección, de intensidad y de color. En ratos como líneas y en otros como zig zag, adquirían forma de nubes y en momentos sólo de haz. Bailaban, parpadeaban; parecía que corrían. Recuerdo perfecto como cada parte de mi cuerpo sufrió un escalofrío y me invadió una sensación de absoluta tranquilidad al poder ver el espectáculo. Sentí paz. Y después de todo, volvió la obscuridad.

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