Garabatos del héroe adolescente. Fotografía por Pilar Gómez. 

Ahora soy parte del sistema opresor…. Ahora soy el obstáculo que debe de vencer el héroe con ingenio y bolitas de papel.

Me he sentido vieja muchas veces desde que entré a este universo post-apocalíptico de adulto contribuyente.

Pero nunca más que cuando un buen día desquehacerado me senté por fin a ver El club de los cinco (The Breakfast Club, 1985) en Netflix. Como mucha gente de mi generación (me imagino) sé de la existencia de este clásico ochentero a partir de las múltiples referencias que se le hacen en toda clase de producto cultural pop, pero nunca la había visto.

Y no, no me encantó.

Por muchas razones, pero principalmente porque cometí un pecado cardinal que estoy segura arruinó para siempre cualquier potencial disfrute de la película: desde el primer momento en que Bender abrió la boca simpaticé más con el profesor encargado de la detención que con cualquiera de los alumnos. Y nunca me había sentido más vieja.

Porque estoy perfectamente consciente de que la película está diseñada para que el espectador simpatice con los adolescentes malentendidos que luchan valientemente contra el sistema que representa el reprimido y cruel Sr. Vernon. Cada que Bender abre la boca para retar al Sr. Vernon el espectador debe apreciar cómo se consuma la victoria de la voluntad de poder sobre la moral débil del esclavo. Pero no pude. No pude simpatizar con él.

 Tal vez porque hace mucho que dejé de ser adolescente, tal vez porque todos los actores claramente habían dejado de ser adolescentes hacía mucho tiempo cuando filmaron la película (en serio, el actor que interpreta a Bender se ve como de 30). Tal vez porque ahora soy maestra.

Ahora soy parte del sistema opresor: el que busca a toda costa coartar al adolescente y extinguir en él cualquier chispa de creatividad y cualquier vestigio de individualidad. Soy parte de la maquinaria que busca homogeneizarlo, aplanarlo y asfixiarlo con reglas y conocimientos inútiles. Ahora soy el obstáculo que debe de vencer el héroe con ingenio y bolitas de papel.

Lo chistoso es que, ahora que estoy de este lado del muro, todos mis viejos amigos de secundaria y preparatoria conmiseran conmigo. Han cambiado el bueno y el malo de la película para aquellos que se divertían retando y enfadando profesores, para los que consideraban el llanto de una maestra el más grande logro y una suspensión grupal por indisciplina un motivo de orgullo. Porque en pláticas entre chelas, risas y viejas anécdotas, “la maestra”, por tratarse de su amiga, es ahora la inocente víctima de la sarta de imbecilidades a las que a diario la someten cruelmente los chamagosos.

“Nunca me hubiera podido dar clases a mí mismo.” Me dicen entre risas.

“No sé cómo aguantas.”

“No entiendo cómo te puede gustar trabajar con adolescentes.”

Y la verdad me da risa, porque en la vida se me hubiera ocurrido describirme como “persona a la que le gusta trabajar con adolescentes”. Me gusta dar clases. Me gusta enseñar. Pero ¿Me gusta trabajar con adolescentes?

Entre más lo pienso más me doy cuenta que sí. Me encanta dar clases, pero gran parte de lo que me apasiona acerca de la docencia es la audiencia específica a la que dirijo mis clases. Y no me malinterpreten, no soy de esas personas admirables que aprecian el diamante en bruto dentro de cada esquincle prepotente contestón. Digo… trato, pero no les puedo decir que se me da muy bien en el día a día.

No obstante, me apasiona dar clases a adolescentes.

He descubierto algo latente e invaluable al corazón de la más pesada de las edades del hombre. El motivo, incluso, de cada bolita de papel y cada momento de “soy muy chistosito”: una profunda sed de conocer todo acerca del mundo.

He descubierto en mis alumnos una curiosidad apasionada por desenmarañar las particularidades de la vida, que difícilmente se repetirá. En unos años llegará el cinismo y, o creerán conocer lo suficiente o se darán cuenta, con desesperación, que jamás podrán hacerlo. En unos años llegará el pesimismo y la parsimonia de la posmodernidad.

Pero por ahora, la suya es la ilusión de la modernidad: intoxicados con la promesa de la inmensidad del universo de razones, nociones, voluntades y condiciones que pueden conocer. Se están dando cuenta de las fisuras en la versión mágica de la realidad que aceptaban tácitamente en su infancia y, aunque esto los confunde a nivel existencial, las posibilidades los enfebrecen.

En algunos la fiebre de la exploración se traduce directamente en sed de conocimiento histórico, filosófico, cultural. Hacen preguntas y reflexiones específicas y perspicaces. Sin duda, sus contribuciones de clase bastan y sobran para mantenerme motivada. Pero está ahí en todos, hasta en aquel alumno de propensiones poco académicas que jamás se habría clasificado a sí mismo como alguien aficionado a la historia o a la filosofía. El “Ah, ya entendí por qué esto es así” o el “qué interesante saber eso” les proporciona una satisfacción palpable y gloriosa de percibir.

Está ahí incluso en el de las bromas inocentes y en el de las bromas no inocentes, en el prepotente y en el contestón: en sus ganas de retar y de probar los límites de la autoridad.

Porque el adolescente quiere conocer todo acerca del mundo. Pero principalmente quiere descubrir su lugar en él. Como dije, se está dando cuenta de los límites de la versión de la realidad que la han vendido sus padres y maestros. Está revelándose en contra de la tiranía dogmática de la infancia. Esto incluye darse cuenta que la sumisión a la autoridad es una opción de la que puede prescindir. Ahora quiere saber qué tanto, con qué consecuencias, para qué fin.

Porque el adolescente quiere conocer todo acerca del mundo. Pero principalmente quiere descubrir su lugar en él.

Es un proceso largo, tortuoso, divertido, confuso y exhilarante. Ese estira y afloja de tentar hasta dónde puedo conocer, hacer, decir, soñar. Lo recuerdo bien, y sin duda con más claridad desde que he podido observarlo en retrospectiva.

Por eso intento (e “intento” es aquí la palabra clave) no enojarme tanto con los Benders que llegan a interrumpir mi clase, ni compararlos demasiado desfavorablemente a los Brian Johnsons. Son dos lados de la misma moneda.

Y ese, me imagino, era todo el punto de El club de los cinco. No teman, valientes héroes de la bolita de papel, esta Mr. Vernon lo ha aprendido.

 (No que esto quiera decir que no los mandaré a disciplina por interrumpir mi clase.)

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