Antes del estreno comercial de la nueva cinta del realizador inglés Christopher Nolan, Dunkerque (Dunkirk, 2017), resonó en los diarios del mundo las declaraciones que el cineasta hacía en torno a Netflix y su modelo de distribución cinematográfico. En ellas, criticaba la forma en la que la plataforma atacaba de manera directa a las salas cinematográficas con la finalidad de destruir la forma en que se ve el cine actualmente. Estas declaraciones se comprenden una vez que el espectador es partícipe de lo que ocurre en Dunkerque.

La más reciente cinta de uno de los directores más redituables de la industria cinematográfica de los últimos años, propone demostrar cómo el gran formato y los avances tecnológicos en la nitidez sonora son elementos al servicio de los cineastas, inherentes a la grandiosidad de presentar una cinta donde la forma sea impecable. Y es que eso es Dunkerque, un bello empaque, con una sorpresa agridulce en el interior.

1940. Los ejércitos aliados de Francia, Bélgica e Inglaterra se encuentran sitiados por el ejercito alemán, en la ciudad de Dunkerque, Francia. Las bajas son constantes y la guerra psicológica de los nazis se hace presente de forma cruenta y efectiva. No hay escapatoria, pero existe la esperanza de poder rescatar a un número muy pequeño de soldados. Así, la historia nos lleva a lo largo de una semana, un día y una hora de los críticos momentos de este rescate.

Nolan, como el buen artesano que es, explota desde los primeros momentos del relato los elementos de la puesta en cámara para generar la tensión necesaria y hacernos partícipes de la historia. Con un sonido puntual, la música acompaña todo el tiempo el ritmo de las emociones de los personajes a cuadro, y un uso de encuadres que nos permite acceder a instantes íntimos de aquellos que buscan constantemente sobrevivir, la cinta ofrece una serie de postales que se mantienen por si solas y nos recuerdan que la belleza aún existe dentro de la pantalla grande.

Cobijado por los aspectos visuales, el realizador se concentra en presentarnos un universo despersonalizado, donde la importancia no reside en el quién sino en la esencia del hombre. Sus personajes, desconocidos, representan la cara de todos aquellos conflictos bélicos donde el hombre pierde la razón, la esperanza y la fe, pero nunca el tesón para salir adelante aun cuando el pronóstico no es para nada favorable. Es la épica en su máxima expresión.

 El realizador se concentra en presentarnos un universo despersonalizado, donde la importancia no reside en el quién sino en la esencia del hombre.

Sin embargo, a diferencia de las antiguas epopeyas, no existe un héroe con el que el espectador pueda identificarse. Somos lanzados al vacío de la impersonalidad, en el cual es difícil encontrar emociones particulares para volverlas genéricas: los soldados desesperanzados, las relaciones paterno-filiales, el sentido de compromiso. Ecos de un discurso en el que no existe una historia que haga evolucionar a nuestra galería de desconocidos. Al final, el constante estrés al que el espectador es sometido rinde frutos al generar una experiencia que no termina de completarse debido a que no hay un instante de paz en el que el espectador pueda respirar, ni tampoco nada a que aferrarse.

Nolan entrega entonces un regalo que luce por fuera y nos recuerda por qué el cine debe vivirse en las salas de cine, muy en sintonía con su discurso anti-Netflix.

Sin embargo, también demuestra que el realizador parece estar fallando en entregar una historia sólida, donde las verdaderas implicaciones morales de los personajes se desarrollen como en su momento lo logró con Interstellar, Inception o la trilogía del Caballero de la Noche. Pareciera que su única motivación es sobrevivir, y aunque válido por el conflicto existente, no existe ningún atisbo que nos permita conocerlos más allá de su mera participación dentro de la guerra, y por tanto, deshumaniza por completo su personalidad. Caso contrario de muchas otras cintas de corte bélico, por ejemplo, Hasta el último hombre, por recordar una de las más recientes.

Por tanto, el discurso de Nolan se vuelve e invita a reflexionar que no todo está en la experiencia cinematográfica, es decir, no todo son elementos visuales y auditivos planeados a la perfección, meros recursos técnicos, sino que también el cine es el lugar de las grandes historias, y eso nos hizo falta.

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