Portada libro Todo cuanto amé por editorial Circe

Cada historia que contamos sobre nosotros mismos solo puede relatarse en pasado. Serpentea hacia atrás desde donde estamos parados ahora, ya no los actores de la historia, sino los espectadores que han elegido hablar. (Todo cuanto amé p. 364)

Todo cuanto amé (What I Loved2003), de la autora estadounidense Siri Hustvedt, es de esas novelas imposibles de fichar: combina la prosa magnética que te mantiene en vela hasta altas horas de la madrugada con la profundidad intelectual que despierta del estupor de la cotidianidad. Es una de esas novelas que de alguna manera logran transmitir la inmensidad e inconmensurabilidad de la vida humana.

La historia comienza a mediados de los años setenta, cuando Leo Hertzberg, un historiador de arte judío ya entrado en años, localiza a Bill Wechsler, el pintor de una obra que lo cautivó particularmente en alguna galería neoyorquina. De este primer encuentro nace una amistad profunda que abarca décadas de logros, descubrimientos, duelo y, finalmente, reconocimiento.

Frecuentemente justificamos nuestro gusto por la novelas especulando que la estructura de la narrativa literaria nos sugiere maneras de hacer sentido de nuestra propia existencia. Todo cuanto amé resalta particularmente esta característica de la narrativa literaria, haciendo hincapié en el proceso de memoria selectiva que caprichosamente configura la forma en la que nos contamos a nosotros mismos la historia de nuestra vida. Leo, el narrador, relata los hechos de la novela desde lo que él considera el final de su historia: seleccionando aquellos eventos que sirven particularmente para prestarle el sentido específico que le quiere dar a su relato.

A lo largo de la novela, el lector va percibiendo que Leo, muy literalmente, ha construido para sí un juego de memorias, en el que acomoda y desacomoda los episodios y experiencias de su vida de  manera que tengan sentido:

“Hago un acomodo distinto. Talismanes, íconos, conjuros- estos fragmentos son mis frágiles escudos de significado. Los movimientos del juego deben ser racionales. Me fuerzo a hacer un argumento coherente para cada agrupación, pero en el fondo el juego es mágico. Soy su nigromante llamando a los espíritus de lo muerto, lo ausente y lo imaginario. (…) invoco fantasmas que no pueden satisfacerme.  Pero la invocación tiene poder por si misma.” (p. 364)

Al final, Leo deja claro que la historia que el lector ha leído es tan solo una de muchas versiones, tantas como pueda variar el acomodo de las piezas de su juego de memorias.

A menudo justificamos nuestro gusto por la novelas especulando que la estructura de la narrativa literaria nos sugiere maneras de hacer sentido de nuestra propia existencia.

Husvedt retrata el importe de las pequeñas decisiones en la construcción del hilo narrativo de la vida. Narra simultáneamente la vida de Bill y Leo y entreteje ingeniosamente paralelismos y disonancias. De esta manera, no se puede evitar comparar las elecciones y trayectos de ambos y cuestionarse qué es lo que hace a un matrimonio exitoso, a una familia feliz o a un legado memorable.

Por otro lado, Husvedt construye espectacularmente sus personajes . En el quinteto principal de Bill, sus esposas Lucille y Violet, Leo y su esposa Erica se pueden apreciar particularidades psicológicas meticulosamente ideadas. Casa personaje ilustra la manera en la que personalidad, circunstancia e intención se entretejen en la experiencia humana. En Violet, por ejemplo, Husvedt presenta una combinación poco usual de la ingenue sensual que sirve como musa al artista y la intelectual enfervorecida:

“A diferencia de la mayoría de los intelectuales, Violet no distinguía entre lo cerebral y lo físico. Sus pensamientos parecían correr por todo su ser, como si pensar fuera una experiencia sensual. Sus movimientos sugerían calor y languidez, un placer pausado en su propio cuerpo. Estaba eternamente poniéndose cómoda. Se retorcía en sillas, ajustaba su cuello y brazos y hombros. (…) Tenía la tendencia de suspirar, respirar profundamente, y morder su labio inferior cuando estaba pensando. ” (p.51)

Pero, en realidad, podría decirse que el papel protagónico en Todo cuanto amé no lo tienen los personajes- Bill el artista, Leo el historiador de arte, Lucille la poeta, Violet la socióloga o Érica la crítica literaria- si no más bien las pasiones que comparten: el arte y las patologías sociales.

Uno de los aspectos más interesantes de la novela es la manera en la que Leo parece configurar su historia a partir de las pasiones intelectuales de los personajes. Las pinturas y esculturas de Bill, los poemas de Lucille, los temas de investigación de Leo, Erica y Violet representan algún aspecto clave de la vida interior de los personajes e intiman el significado de sus vidas (así lo reconozcan o no).

De esta manera Todo cuanto amé resulta una novela particularmente poderosa. Presenta una profunda reflexión sobre el papel que juegan el arte y la reflexión intelectual en la vida del individuo. Además, constituye una conmovedora historia sobre el poder de la amistad, sobre los límites del amor y el sufrimiento; sobre lo que implica vivir.

  • 5 de 5
  • Ficción contemporánea
  • 370 páginas
  • Editorial Anagrama
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