Hola catrinas, este septiembre retorna nuestra tradición de manejar el contenido del mes temáticamente. Al tratarse del mes en el que conmemoramos los casi dos siglos que nuestro país lleva adulteando, nos decidimos por “adultear”.

“Adultear” es una traducción algo incómoda del verbo hechizo en inglés adulting. Intenta describir ese tortuoso y confuso proceso de aprender a hacer las cosas por una misma, en ese mundo fuera de la escuela en el que equivocarse ya importa.

Adultear es:

Aprender a vivir sola. No olvidar pagar el gas, la luz, el Internet. Aguantar los gritos enfurecidos de tu roomie cuando inevitablemente lo haces. Procurar no sobrevivir a base de quesadillas.

Enfrentarte a los horrores burocráticos del SAT y ver con tristeza como cada quincena se llevan algo de tu dinero.

Empezar a pensar en cosas como fondos de inversión, afores y préstamos.

Lidiar con opiniones encontradas sobre lo mejor que podrías estar haciendo con tu vida en este momento. ¿Matrimonio? ¿maestría? ¿otra carrera? ¿otras tres? ¿hijos? ¿trabajar en un empresa? ¿dedicarte a la vida de artista mientras no tengas a quien mantener? ¿re-inventarte como hippie bohemia en Tulum ? ¿irte a ese viaje de mochilazo por Asia del sur mientras eres joven? ¿hacerte ese tatuaje antes de que pierdas la ilusión por la vida?

Sentir que cada paso que das y cada decisión que tomas de alguna manera construyen irrevocablemente un futuro por el que te tienes que decidir ya.

Sentir que no hay vuelta atrás.

Dar un salto al vacío.

Mucha gente opina que este verbo, “adultear”, es una ridiculez millenial, una prueba más de la inmadurez crónica de la generación de las selfies, el Netflix y la cultura del Internet. Los adultos no lloran por tener que hacer cosas adultas, dicen, solo las hacen. No se “adultea”, solo se es adulto. Sin gritos de desesperación, sin sentimientos de incertidumbre, sin quejas incesantes.

Me rehúso a creerlo. Me rehúso a creer que todo ser humano antes de la era dorada del Internet hacía una transición perfecta al mundo del “ser adulto”. Que en los cincuentas se cambiaba la universidad por una casa con hijos y perro sin el mínimo titubeo existencial o que en los setentas, ochentas, cuarentas o noventas por alguna razón la construcción de un futuro era menos angustiante. Le pusimos nombre, lo hicimos meme, lo expresamos en tweets. Pero no es algo nuevo.

Sentirte abrumada por el mero prospecto de decidir que hacer con tu existencia no es signo de inmadurez (mucho menos de una inmadurez particularmente millenial) es signo de humanidad. Lo que toca es no quedarse ahí.

Esto exploraremos este mes en Odd Catrina, con artículos sobre la experiencia de vivir en soledad por primera vez, guías para enfrentar tus finanzas personales y alguna playlist catártica para cuando sientas que no estás “adulteando” existosamente.

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