Cortesía de IFC Films.

Crecer es todo menos maravilloso. La llegada de la edad adulta no sólo nos enfrenta con la marejada de responsabilidades y complejidades de un mundo que por un momento parecía estar muy lejano, sino que también nos pone cara a cara con el enemigo más difícil que habremos de enfrentar en nuestra vida: nosotros mismos. Es el momento de tomar decisiones que habrán de marcar un rumbo o lanzarnos a la deriva, es la época de las frustraciones, de las desilusiones, de las peores derrotas. Pero también crecer deja las más grandes lecciones de vida, aquellas que realmente hacen que valga la pena todo.

Esa dualidad de la vida adulta, esa dura transición ha sido objeto de múltiples visiones tanto en la literatura como en el séptimo arte. Richard Linklater es quizá el realizador que ha propuesto el ejercicio más arriesgado al respecto en su obra Boyhood (2014). En esta película a lo largo de 12 años (transcurridos también en la vida real) seguimos la vida de Mason (Ellan Coltrane) desde su infancia y la separación de sus padres; hasta su madurez, el encuentro de su vocación y el primer amor. El camino, lleno de obstáculos entre lo cotidiano, nos enseña dos grandes lecciones: que lo verdaderamente sorprendente de la vida son los pequeños detalles en las relaciones humanas y que, en realidad, nunca se deja de crecer.

[la edad adulta] también nos pone cara a cara con el enemigo más difícil que habremos de enfrentar en nuestra vida: nosotros mismos.”

Para Linklater el tema del crecer no le resulta nada ajeno. Ya en sus primeras cintas buscaba retratar esos suburbios norteamericanos en donde el joven promedio crecía con la ilusión de que ser adulto sería extraordinario, pero también se topaba con la cruda realidad de que las expectativas no siempre son realidad. Por ejemplo en Dazed and Confused (1993) planteaba la necesidad de alejarse de la juventud como un eco nostálgico de tiempos que nunca habrán de volver, al retratar a un grupo de jóvenes en su último día de clases en los 70’s antes de ingresar a la universidad, y que al igual que en su momento el Ferris Buller de John Hughes reflexionaba sobre como su vida sería la de un fracasado y sus amigos dejarían de serlo, también la galería de Linklater propone que es justo en la adolescencia donde las amistades tienen por fuerza que morir para dar paso a una vida de nuevos horizontes donde quizá nos volvamos a encontrar, o no.

Aquel juego de separaciones en el crecer es el hilo conductor de otro de sus experimentos narrativos. En Antes del amanecer (Before Sunrise, 1995) dos jóvenes plagados de sueños e ilusiones se conocen de manera fortuita en un tren que los lleva a pasar una noche juntos recorriendo la ciudad de Viena. Ahí Jesse (Ethan Hawke) y Céline (Julie Delpy) encarnan la más pura expresión del amor a primera vista al lograr transitar por el mar de emociones hasta conectar con la otra persona en el transcurso de pocas horas. Pero la riqueza no reside en dicha historia de amor, sino en los arquetipos de la juventud que nos demuestra hasta qué punto se nos despliega en aquella etapa un mar de posibilidades por cumplir y como la incertidumbre es lo que nos motiva a dar el paso que habrá de sellar el destino.

Con ello en mente, la segunda parte de aquella historia, fue realizada nueve años después, tiempo que también transcurre en el filme. Nos presenta a un Jesse y Céline que han tenido que hacer frente a la verdad de la vida, que no siempre sale como uno quiere, pero siempre hay en ella lo que uno necesita. Es interesante como en Antes del atardecer (Before Sunset, 2004) nuestros personajes adultos comprenden que los sueños tienen que materializarse o desecharse en una realidad que es dolorosa, cuando no se sabe lidiar con la frustración, y que crecer implica sacrificar parte de nosotros para lograr metas trascendentes. Situación que se agudiza en Antes de la Medianoche (Before Midnight, 2013) donde nuestros personajes enfrentan la crisis de la edad adulta y la peor de las situaciones al darse cuenta que quizá aquello que tanto queríamos en la juventud al tenerlo no es lo que necesitábamos en la vida adulta.

En esa vida pasajera, su más reciente relato, Everybody wants some!! (2016) plantea la mirada de un grupo de adultos que se integran a la vida universitaria, pero sentencia con uno de sus personajes que después no habrá de venir mucho para ellos. El grupo descubre entre sus integrantes a un hombre que ha fingido ser adolescente por más de 10 años por el miedo de enfrentar esa tan temida vida adulta donde algunos pocos habrán de salir exitosos, y ese es el riesgo de las decisiones y de la realidad misma.

Linklater, entonces, se ha convertido en el filósofo de la madurez cinematográfica. Lejos de profundos y complejos conceptos, su gran riqueza es mantener a la vida diaria y la realidad como un viaje en donde la naturalidad del crecer no tiene por qué estar llena de grandes sobresaltos, sino que es un lento oleaje que nos recuerda que cada paso deja una huella profunda, nos define y nos hace ser un adulto que requiere vivir la nostalgia de un pasado para valorar su presente y replantear su futuro.

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