Foto: Pilar Gómez

Hace dos meses me encontré por primera vez con mi nuevo peor enemigo, el nuevo y mejorado dueño de mis pesadillas… de pequeña jamás pensé que algo superaría el sentimiento de pánico al entrar al consultor del pediatra y verlo preparar mi inyección, pero vaya que sí: tacón, pantalón y saco, ahí está la pesadilla.

El hecho de comenzar una nueva etapa – en este caso, la transición de los reconfortantes pasillos de la universidad al solitario cubículo- no necesariamente lleva una connotación negativa.

Sin embargo, mi experiencia personal fue dedicar todo mi esfuerzo a tintar el hecho de contenido trágico: a partir de hoy, jamás habrá un martes en el que pueda usar la ropa que yo quiera; mi nivel de socialización diaria dependerá de cuánta gente se suba al elevador esa mañana; nunca más experimentaré la suave brisa de un jueves a las dulces once de la mañana. Y así, un sinfín de especulaciones escalofriantes, por no decir ridículas.

No todas mis especulaciones terroríficas fueron ciertas, aunque si hubo unos ligeros ajustes en detalles cotidianos. Fue así como de un día para otro las palabras juntita, quincena, visto bueno, proactivo y retroalimentación se incorporaron a mi vocabulario sin haberlo advertido. Sutilmente, el ambiente me inclina a cambiar de ‘perame’ a ‘permítame un momentito’, así como a renacer al escuchar las palabras “viernes de tacos”. Tengo que admitir, mis preocupaciones se fueron momentáneamente al olvido en cuanto divisé la felicidad de mis mañanas: la cafetera.

Pero pasada la emoción frente al prospecto del café ilimitado, volvieron las preguntas: ¿es esta la famosa realidad de la que todo mundo habla? ¿la vida es el trabajo? O, ¿la vida es todo lo que pasa mientras no estamos trabajando?

Me parece que la clave para tener una vida miserable se encuentra en contestar SÍ a las dos últimas preguntas.

Sí la vida es el trabajo: volcarse en el trabajo como único ámbito de la vida – además de que suena tetísimo– me parece insuficiente. No pretendo criticar a aquellos que consideren la chamba su happy place… que mejor que te encante lo que haces y además sea lo tuyo. Sin embargo, que la única referencia de tu persona se remita al trabajo, parece una reducción injusta, sería afirmar lo siguiente: eres reductible a tu puesto. Chale…

Sí, la vida es lo que sucede mientras no estamos trabajando: es la esfera de aquellos que padecen del síndrome modo avión de 8:30am a 5:30pm de lunes a viernes. Disociar trabajo y vida suena agotador, digo, por la necesaria bipolaridad que implica disociarse. Me parece que aquí hay de dos: se está en el lugar equivocado, o bien, simplemente no se ha superado cierta etapa donde, como nos repetían nuestros padres, “tu única obligación es estudiar”. Alcanzo a ver que de no superar la etapa nostálgica que narraba al principio, invariablemente perteneceré al team modo avión.

No es que tenga problemas de compromiso y no me pueda casar con una postura, sino que verdaderamente creo que hay un punto medio, una postura conciliadora, vaya. Work-life blending is whats up. Para las nuevas generaciones, work-life balance no parece ser suficiente, buscamos mezclar, no sólo balancear. Me parece un término acertado que, en el fondo, lo que busca es no dejar de ser nosotros mismos porque nos ponemos una corbata. No pretendo deslegitimizar la institucionalización, los códigos de conducta y la formalidad que implica el mundo adulto, sin embargo, esto no significa despersonalizar a la persona.

Una actividad robótica cualquiera la puede llevar a cabo, el chiste está en generar valor, un valor que sólo tú como individuo puedes dar. Qué falta en tu empresa, despacho, colegio, estudio, a. c. que sólo puedes hacer tú. En mi empresa, empezamos una campaña que aboga por los caprichos, que diga, derechos de los empleados, empezando por la incorporación del viernes chilango… iniciativa que fue rebotada inmediatamente por los altos mandos. Pero #nomeagüito, algún día sucumbirán.

No voy a negar que las frases “permítame le comento a mi compañero” o, “me puede comunicar con un supervisor” me siguen generando genuinas nauseas. Pero eso es lo de menos, dejemos el drama. Creo que en realidad lo que nos molesta no es la chamba, es otra cosa… ese bicho molesto que crece conforme pasa el tiempo anda por el nombre de: responsabilidad. Ésta vendrá tarde o temprano, trabajemos o no. Inclusive, si no hacemos nada recién graduados, nos persigue la falta de responsabilidad, es inevitable que ésta aumente. No hay que culpar a la chamba, no tiene la culpa. Lo que estamos viviendo es parte de crecer.

Resulta molesto pensar que al comienzo de esta etapa lo que nos falta es acostumbrarnos. Despertarse, disfrazarse, jorobarse frente a la computadora 8 horas y repetir, por toda tu existencia no suena muy alentador…por lo menos no es algo  que quisiera hacer costumbre.

¿Hay alguna salida?

Con tan solo unos meses iniciada en este estilo de vida que es el godinato, planeo tomar ciertas medidas: tomar la estabilidad que proporciona la rutina, pero hacerla mía, no dejar que la rutina me haga a mí. Alguien alguna vez me mencionó –palabras más, palabras menos- que lo padre de la rutina es desafiarla y, fue así como terminé un miércoles –laboral, por supuesto #sorrynotsorry- escuchando a mi grupo favorito en una ciudad a unos cuantos, varios, muchos kilómetros de donde resido actualmente.

En fin, la postura que cargues respecto a la realidad y a la vida, determinará tu visión de ese lugar donde pasas la mayor parte de tu tiempo. Ese es el punto, que no sea viceversa. Vale la pena pensar en esto, por lo menos como reflexión de ducha matutina. Por lo pronto, en mi tan sólo reciente iniciación al godinato, han funcionado dos cosas, autenticidad, acompañado de un intento de work-life blending. ¿Sobreviviré? Muy temprano para saberlo. Pero bueno eso es todo por ahora, buenos días… ¡tardes ya!

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