Historias acerca del suicidio y amores decepcionantes siempre son lecturas difíciles. Y más cuando la narrativa está imbuida de un surrealismo subrepticio que dota a la historia de un aire etéreo. Es el caso de Tokio Blues, de Haruki Murakami. El protagonista, Toru Watanabe, narra detenidamente su experiencia como adolescente que despierta y se hace consciente de todo aquello que nos arranca de la infancia: el amor, la muerte, el sexo, la amistad, el suicidio. Los personajes con los que se Toru entabla relaciones son contados, y el acceso del lector a ellos siempre está mediado por la carga anímica de Toru, un irredento adolescente emocional.

Los amores del todavía pubescente protagonista, Naoko y Midori, son personalidades antípodas que resuenan de manera igualmente potente en su frágil psique, muy propensa a la introspección emocional. Naoko es una joven atormentada por demonios internos que le impiden entablar relaciones cercanas, incapaz de reconciliarse consigo misma, una mujer que aparece nunca presente, siempre recordada y evanescente. Midori, por el contrario, es intensa y viva, a veces demasiado. Nomen est omen, reza el adagio latino, y Murakami mismo revela el simbolismo del nombre de Midori: “verde” en japonés, color de la vida, de la inquietud, la reproducción y la exuberancia. Con ella Toru aprenderá a contrastar la fragilidad de Naoko con la turbulencia ciclónica de la vida, mientras se resigna a la alternativa de vivir mientras muchos a su alrededor se niegan a hacerlo.

La narrativa es fluida, pero agobiante: abundan los monólogos internos, cuasi-existencialistas de un alma psíquicamente perturbada por experiencias desgarradoras a una edad demasiado tierna. No hay romanticismo ni idealismo, sino resignación y una cierta chispa de humor cínico. Sin embargo, la pluma honesta de Murakami es lo que salva a este libro del tedio absoluto: el flujo de conciencia vaporoso y continuo de una mente humana verosímil, que halla su asidero en memorias arraigadas firmemente en los más hondo de su ser. La nostalgia de Toru despierta al escuchar Norwegian Wood, de los Beatles, y fluctuará a la largo de la novela entre varios recuerdos: una conversación con amigos entrañables, estudios universitarios sin impacto existencial y una amistad valiosa al borde del abismo.

He escuchado a varias personas recomendar Tokio Blues como un buen libro introductorio para Murakami, pero yo no me atrevería a recomendarlo como lectura inicial del autor. Sin embargo, es quizás una tontería buscar una receta universal acerca de qué libro escoger como el primero en cada interacción con un autor nuevo. Corremos el riesgo de congelarnos en la repisa del librero, construyendo previamente una experiencia que con seguridad no recibiremos.

Cada historia hace vibrar filamentos inesperados en el tejido anímico. Es probablemente imposible librarse de todas las cargas psicológicas previas que llevamos con nosotros y que sin duda modifican la experiencia al interactuar con una historia. Son probablemente la razón por la que cada lectura resuena de modos tan distintos en cada lector. Más vale entonces correr el riesgo de una inmersión completa en la narrativa. Sólo un consejo: hay que escoger con prudencia el momento correcto para realizar la lectura, pues el lector mimetiza inconscientemente la psicología honesta pero perturbada de Toru, un efecto de la pluma hábil de Murakami. Como varios de sus libros, Tokio Blues es un libro triste, un tanto oscuro, pero honesto y altamente simbólico.

  • 3/5
  • Editorial Tusquets
  • 296 páginas
 

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