Me vino a buscar el del INE y no pude más que lamentarme de mi existencia. Me tocaba. Cuando regresó perseverante con su chaleco rosa chillón y un nombramiento, no pude más que firmar mi aceptación de la responsabilidad. Sería la escrutadora número 1 en la casilla básica de la sección X del distrito Y de Jalisco junto a cinco de mis vecinos.

Las cosas empezaron mal cuando a las capacitaciones no llegamos ni la mitad de los funcionarios de las casillas básica y contigua. El asunto empeoró el jueves previo a la elección cuando el presidente de mi casilla quiso realizar un simulacro de las funciones del domingo venidero. De los doce llegamos cinco.

El día de la portentosa elección volví a lamentar mi existencia con el sonido de la alarma. Con nombramiento, credencial para votar (a la que seguí llamando IFE durante toda la jornada) y una galleta en mano caminé un par de cuadras hacia mi casilla.

Predeciblemente, a las 07:30 que empezaba la jornada electoral, no habían llegado todos los funcionarios necesarios a la casilla. Lo que sí había era una fila de votantes madrugadores.

“¿Empezamos a armar las casillas y las urnas?” preguntamos al presidente los funcionarios presentes, muy orgullosos de aquella capacitación en la que habíamos armado los armatrostes de plástico en tiempo récord.

“Por protocolo no podemos empezar hasta que lleguen todos los funcionarios” vino la lacónica respuesta del presidente, señor que durante la jornada se convertiría en uno de mis héroes cívicos (empecé la lista ese día). Aguardamos pues la llegada de los dos escrutadores faltantes.

Llegaron todos los representantes de partido (la joven del PRI se ganaría mi gratitud eterna a las 00:30 de la noche al compartirme un Taki Fuego). Llegaron más personas a la fila de votantes que ya empezaban a mostrar características señales de clientes mal atendidos. Pero no llegaron los escrutadores.

Dieron las 08:15. El presidente promovió al único suplente a escrutador: un señor de edad avanzada recuperándose de una operación reciente. Luego nos encargó, como escrutadores, armar las casillas y urnas en lo que él resolvía el asunto del escrutador faltante.

También por protocolo, según los engorrosos manuales que el INE nos había dado semanas antes, “si a las 08:15 no ha llegado uno o más de los funcionarios de casilla, el presidente deberá elegirlos de entre la fila de votantes”. Salió el presidente a aventurarse a la fila de consumidores inconformes en busca de nuestro nuevo escrutador.

Mientras tanto, el señor y yo nos enfrentamos con los tiesos pedazos de plástico que debían convertirse en urnas y a la confusa cantidad de palos de metal que debían convertirse en casillas. Él no se podía agachar, dada su reciente operación, pero con gusto y paciencia armó dos de las seis urnas mientras yo me peleaba con las casillas.

Moría de la pena, pues mi falta de habilidades psicomotrices se evidenciaba no sólo frente al resto de los funcionarios  y los representantes de partido, sino frente a las filas de votantes en espera. En eso, como escena de película, se apareció mágicamente el segundo escrutador: más de una hora tarde pero con energías y capacidad de agacharse.

“¿Te ayudo con eso?” dijo señalando el desorden de plástico y metal.

“¡Por favor!” (no intenté ocultar mi desesperación).

Volvió el presidente con la voluntaria de la fila: una señora encantadora con mejor disposición que todo el resto de los funcionarios combinados (heroína cívica número dos). Le señalé al presidente el escrutador recién llegado (gracias a quién la casilla contaba ya con seis urnas y dos casillas perfectamente armadas). El presidente entonces mandó a descansar a su casa al señor recién operado con nuestro infinito agradecimiento.

Mientras acomodábamos los últimos detalles, la señora, nuestra nueva escrutadora, me pidió que le tomara una foto.

“Es para mi nieto. Lo vinieron a llamar los del INE pero le dio flojera. Para que vea que sí se puede.”

Solo pude imaginar la infinita vergüenza que habrá pasado aquel nieto frente al ejemplo de su formidable abuela.

La casilla estaba por fin lista para recibir a esos votantes inconformes que llevaban una hora tuiteando #INEAPESTAS y mirando con desaprobación nuestra poca eficiencia. Nos acomodamos en nuestras posiciones: un escrutador manejando la fila, el presidente, los secretarios y la señora en la mesa revisando INEs y el registro de votantes. Yo, frente a las urnas con un bonchecito de lápices, lista para indicar al votante en dónde y cómo votar.

Pasaron los primeros votantes sin mucha faramalla. Comencé a repartir lápices y a proferir el discursito que me caracterizaría aquel día:

“Por favor doble su boleta dentro de la casilla, en cuatro partes para que entre fácilmente en la urna. Hay que depositar el voto únicamente en las urnas de este lado. Sólo las de este lado. Por colores, así es.”

Por ahí de las 09:30 llegó apenada la escrutadora ausente.

“Es que ayer tuve una graduación,” se disculpó, con apropiada vergüenza.

“Ah, qué padre,” respondió el presidente. “Ya se cubrió tu puesto, pero muchas gracias.”

Seguí recibiendo votantes frente a las casillas repitiendo mi discursito y ofreciendo los lápices más apestados del mundo.

“Traigo pluma propia,” me decían los votantes, alejándose del lápiz extendido como si los fuera a quemar.

Otros, simplemente negaban con la cabeza dirigiéndome miradas de desconfianza y aferrándose a sus bolsas como si no sólo pusiera en riesgo su voto, sino sus pertenencias.

“¿Si es cierto que se borran, mija?”

“¿No tendrás una pluma, mejor?”

“Yo vi los videos,” me aseguraban. (“A mí no me engañas, representante del sistema”)

Dale, pues, pase con su pluma… pensaba estrujando los despreciados lápices del INE. Solo, por favor, ponga su voto en las urnas de la derecha.

“Señora, por favor, ¿puede doblar su boleta adentro de la casilla?”

“Ay, ya me salí,” me respondió una apurada votante, doblando cada una de sus boletas frente a las urnas. Me pareció reconocerla de la fila de la casilla contigua.

“Señora, ¿no iba usted en esa fila? ¿Podría por favor depositar sus votos en las urnas de aquel lado?”

Me miró con enfado.

“Ya puse la mitad aquí.”

“¿Podría poner el resto en las urnas de la casilla correcta?” insistí.

Ya me imaginaba el infierno que sería empatar los votos encontrados dentro de las urnas con aquellos de los votantes registrados a votar en la casilla.

“¡Ay, mija, da igual!” respondió, y con exasperación depositó los votos restantes en las urnas de la casilla incorrecta.

En algún momento llegó el del INE con su chaleco rosa chillón.

“¿Qué horas son?” le pregunté, segura que llevaba ya un siglo recibiendo votantes con lápices y discursito.

“Las once,” respondió, derrumbando mis esperanzas.

Ni hablar. Me armé de plumas (para el votante desconfiado) y renovadas energías para repetir mi discursito de alguna manera que no sonara mecánica. Me divertí un rato entonando “por favor” de distintas maneras, alternando el “usted” y el “tú” dependiendo de la edad del votante, saludando a amigos, vecinos y alumnos que acudieron a votar.

“Disculpe señorita ¿este voto va en esta urna?”

“No, no, ese es de diputaciones locales. Hay que ponerlo ahí. El de presidencia va acá, así es.”

“Por favor los votos de este lado, de este lado.

Mi desesperación aumentaba al ver cómo votante tras votante de la casilla contigua depositaba sus votos en mis urnas. Remonté la guardia frente a ellas, obstaculizando el acceso de votantes distraídos.

“Pssst…. señorita,” me habló una votante detrás de la confidencialidad de la cortina estampada con el letrero ‘EL VOTO ES LIBRE Y SECRETO’.

“¿Sí?” acudí con recelo.

“Si me equivoqué a la hora de votar, no me pueden dar otra boleta, ¿verdad?”

Por ahí de las tres o cuatro de la tarde sucedieron dos eventos gloriosos: 1) llegaron otros funcionarios del  INE con lonches de pierna y jugos Amí y 2) la abuelita se levantó y se ofreció a tomar mi lugar por unos minutos.

“¿Segura?” le pregunté, tratando de disimular la emoción que me causaba tal propuesta.

“Descansa un rato, ” me dijo aquel ser de luz, “nada más dime como está esto.”

Le enseñé mi discursito  y le advertí del peligro de los votantes despistados. Satisfecha, me senté en la mesa a rodar la tinta de la democracia sobre pulgares de todo tamaño.

Nunca me había sabido tan fresco y delicioso un jugo Amí. Nunca me había dado menos pena comer un lonche en escritorio, entre dedo y dedo coloreado.

Cuando la fila de votantes se extinguió, el presidente nos indicó que ya podíamos votar nosotros. Le di mi credencial, me encontró el secretario en el registro de votantes, me di a mí misma un lápiz y recordé los básicos del discurso:

“Oye, Chío me haces favor de doblar tu boleta dentro de la casilla…”

Llevaba ya más de ocho horas respondiendo dudas sobre votos por coalición, sobre la diferencia entre diputaciones locales y federales, sobre si había casillas especiales en la vecinidad y sobre si me iba a tomar la molestia de borrar el voto honesto de mis vecinos si utilizaban el lápiz que les ofrecía. De repente, me encontré yo tras la privacidad de la cortina.

Ahí la que decidía era yo. Yo, cansada y hambreada. Yo, rayando entre el hartazgo y el orgullo patrio. Yo, que llevaba ocho horas alternando entre maravillarme por lo bien pensado que estaba el sistema de escrutinio imparcial del INE y renegando contra él en mi cabeza. Yo, que me encontraba, a turnos, embelesada, y a turnos espantada frente al ejercicio de la democracia. Yo, que probablemente no había pensado mi voto ni más ni menos que el resto de mis vecinos.

Llené las boletas de diputaciones federales y locales, la de senaduría federal, la de gubernatura, la de ayuntamiento. Las llené mecánicamente, dejándome llevar por decisiones pre-ensayadas. Llegué a esa última boleta: la ‘más importante.

Y mientras mi mirada repasaba tres nombres repetidos, un pilón y un error, me paralicé. En teoría ‘sabía por quién iba a votar’. Lo había analizado, ¿qué no?

Contemplé aquel pedazo de papel por largos minutos. ¿Por qué había decidido votar por quien había decidido votar? De repente me pareció evidente que más que cualquier otra cosa, mi criterio había sido ‘candidato que, a mi juicio, mejor salvaguardará la dignidad de la presidencia’. Y ahí, con lápiz en mano, me pareció que dicho criterio era vulgarmente estúpido. Ni más ni menos frívolo que ‘candidato que representa el partido que me dio una torta’ o ‘candidato con mejor oratoria’ o ‘candidato que respaldan mis padres’ o ‘candidato más odiado por mis contactos de Facebook’ o ‘candidato más guapo’.

¿Por qué fregados estaba yo eligiendo a alguien para un puesto de semejante importancia?

Voté.

Cerró la casilla, para gran angustia de la señora que llegó a las 6:30 lanzando pestes contra el INE por no considerar en sus horarios “a quienes trabajamos”. Me pude sentar una vez más. El trabajo apenas comenzaba.

Anulamos boletas sobrantes. Los secretarios comenzaron a contar el número de personas que había votado en nuestra casilla según el registro. Les advertí que el número de votos no empataría: nuestras urnas contaban con demasiados votos de la casilla contigua, a pesar de mis esfuerzos.

Con renovadas energías frente a la tarea que nos correspondía, los escrutadores vaciamos la primera urna en la mesa: la ‘más importante’. Comenzamos a clasificar y contar votos frente a la aguda supervisión de los representantes de partido. La señora de Movimiento Ciudadano me regaló algo de papel de baño cuando se soltó un ventarrón que dio rienda suelta a mi alergia.

Contamos cada voto por coalición, por partido independiente y por el Bronco dos veces. Hubo un voto por Margarita Zavala, uno por Thom Yorke y uno por la anarquía.

La urna siguiente: gubernatura.

La emoción morbosa de ver de primera mano los votos de nuestros conciudadanos pronto se disipó. Comenzamos a maldecir a los ciudadanos desconfiados que habían marcado sus boletas con plumas indiscernibles en lugar del clarísimo negro de los crayones del INE.

La siguiente: senadurías.

Encontramos votos en urnas incorrectas, separados para marcarse aparte, con acta correspondiente. Terminábamos una urna y venía el secretario correspondiente a tomar nota de los resultados, verificados dos veces cada uno. Volvíamos a contar una vez más, por si las dudas.

“Oye, ¿quieres una botella de agua? Mi hijo va a traer,” ofrecía amablemente el presidente.

“¡Perdí la cuenta!” nos lamentábamos, volviendo penosamente al inició del bonche de boletas a recontar.

La siguiente: diputaciones federales.

No habíamos ni acabado la tercera urna cuando Meade felicitó a AMLO por haber ganado. No habíamos acabado la cuarta cuando la gente se lanzó al Zócalo a festejar al– al fin legítimo– presidente.

Nuestro proceso de clasificación y conteo se volvía más eficiente entre más oscurecía, entre más se cansaba nuestra mirada y más aumentaban nuestras ganas de largarnos a la chingada. Más rápido abríamos boletas, más atinadamente designábamos bonches de acuerdo a partido y coalición, más rápido contábamos y recontábamos.

La siguiente: diputaciones locales

El ventarrón amenazó con deshacer nuestros esfuerzos más de una vez. La primera vez que sopló un par de boletas de nuestra mesa de conteo, el chavo del Verde Ecologista rápidamente proporcionó un objeto pesado para sostener el resto de las boletas a la mesa. El resto de los representantes pronto se dieron a la tarea de ayudarnos más bien a conseguir rocas con que sostener las boletas.

La última urna: la de ayuntamiento. Rondaban ya las doce de la noche cuando acabamos de determinar el próximo alcalde de Zapopan “Prácticamente ya acabamos”, me dije con alegría (ilusa). Solo quedaba llenar las actas.

Entre el presidente y los secretarios, llenaron acta por acta, con la firma de todos los funcionarios, todos los representantes de partido. Mientras tanto, los escrutadores regresamos urnas y casillas a su estado natural.

Dio la 01:30 antes de que termináramos de armar los paquetes con las actas y el papeleo correspondiente. Luego llenamos el cartel que declaraba el resultado de los votos de nuestra casilla (que un señor esperanzado había venido a checar a las 8, ja).

En la casilla contigua apenas comenzaba a armar los paquetes de las actas. Habían perdido a dos de sus escrutadores (habían huido a casa presas de cansancio). Los miramos con conmiseración mientras el presidente se echaba al hombro los paquetes que debía ir a entregar al distrito para su reconteo.

Por fin caminé a casa, muerta, conmocionada y satisfecha, con el sentimiento certero de que lo volvería a hacer (y la alegría profunda de saber que pasarían seis años antes de que volviera a tener la oportunidad).

Le he dado muchas vueltas y aun no termino de sortear todas las emociones y pensamientos encontrados que me suscitó la oportunidad de presenciar el proceso democrático tan de primera mano.

Aún me conmueve el ejemplo de la abuelita que voluntariamente renunció a su domingo para completar nuestra casilla; el liderazgo abnegado del presidente de casilla; la tenacidad de los votantes de edad avanzada, de la joven que llegó a votar con suero en brazo, de la señora limitada de vista que requirió de mi apoyo para elegir a sus representantes. Aún me admiro de la paciencia de los representantes de partido, alertas y dispuestos hasta las dos de la mañana que terminó la casilla contigua. Aún me parece bellísimo saber que cada una de las casillas a las que llegó a votar ese ciudadano inconforme (#INEapestas) estaba en pie gracias al compromiso cívico de sus vecinos.

Aún me da nauseas recordar aquellos adolescentes que consultaban con sus amigos en la fila por quién votar; a aquellas familias que se recordaban entre sí el nombre del candidato a elegir; me estremece lo rápido que entraba y salía la gente de las casillas y lo ridículos que me parecieron mis propios criterios de votación a la hora de marcar la boleta. Sobre todo, me impacta lo poco representativos que fueron los votos de nuestra casilla frente a quienes resultaron elegidos como nuestro senador, nuestros disputados, nuestro presidente.

El ejercicio de la democracia nunca me había parecido más encomiable. La democracia en sí, nunca más cuestionable.

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