“Los restos del día” (“The Remains of the Day“), o “Lo que queda del día” en algunas traducciones, es la tercera novela de Kazuo Ishiguro, pero la primera que leo del autor británico de origen japonés.

Ganador del Premio Booker, Whitbread y más recientemente, el premio Nobel de literatura (2017), Al inicio de su carrera, Ishiguro escribía sobre Japón en tiempo de posguerra. Con este libro sin embargo, se adentró a la Inglaterra que lo acogió desde los seis años.

Es el año 1956. Stevens, el mayordomo de Darlington Hall, había servido a Lord Darlington durante casi toda su vida. Ahora trabaja para un empleador más relajado, un rico americano que le recomienda tomar seis días de vacaciones por Inglaterra. Stevens decide hacer del viaje una oportunidad para visitar a Miss Kenton, quien fue ama de llaves 20 años atrás. Dentro de sus planes, tras entrever en una carta que no está feliz con su matrimonio, está ofrecerle regresar a su antiguo puesto.

Conforme pasan los días, nos adentramos cada vez más profundo en la vida de Stevens y en el precio que tuvo que pagar para alcanzar la “grandeza” profesional. Nos habla sobre sus años de servicio, reflexiona sobre el significado de la “dignidad” dentro de su profesión y finalmente, de sus verdaderos sentimientos.

Stevens se desliza entre recuerdos y reflexiones. Recuerda a su padre -un mayordomo como él- quien también dedicó su vida al servicio y perfección de su profesión. Regresa de forma recurrente a episodios al lado de Miss Kenton, y habla de las acciones de tu antiguo empleador, un aristócrata que  se involucró con los Nazis.

La evolución del personaje es fascinante. Al inicio estamos frente al más frío compañero de viaje. El estereotipo de frialdad inglesa. Todo propiedad y decoro, Stevens dedica su vida al servicio de otros, inmerso en la perfección de los detalles… pero lo que está de fondo, lo que no dice es lo que hace tan maravilloso este libro. Sus omisiones dicen más de lo que él habla sobre si mismo. Y es entonces cuando nos encontramos ante una historia de amor tácito, de sentimientos reprimidos; de remordimientos y arrepentimiento.

Conforme avanzan las páginas, Stevens deja caer las paredes que lo rodean. Convicciones firmes pasan a llenarse de matices y los profundos sentimientos de decepción, humillación e incluso amor aparecen ante nuestros ojos de manera tan inesperada como parece experimentarlos el mismo Stevens.

Lo que nos ofrece Ishiguro con “Los restos del día” es un excelente ejercicio de narración en primera persona, así como una historia repleta de sutilezas, con un personaje que es más de lo que aparenta, incluso para si mismo.

“Los restos del día” es un libro que conecta con cualquiera que se haya sentido alguna vez incapaz de hablar o mostrar sus emociones.

   

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